Una vida revestida de Cristo, pastor David Jang (Olivet University)

A partir de la exposición de Romanos 13:13–14 del pastor David Jang, se despliega la profundidad teológica y la aplicación cotidiana de “una vida revestida de Cristo”, entrelazando la conversión de san Agustín (tolle lege), el fruto del Espíritu, el arrepentimiento y la práctica comunitaria, para proponer un camino concreto de cómo vivir como hijos de la luz en la sociedad contemporánea.


Romanos 13:13–14 da un testimonio nítido de que el lenguaje de la fe no se agota en un simple “consuelo para el corazón”, sino que se convierte en una fuerza que cambia la dirección del ser humano. Cuando el pastor David Jang (Olivet University) expone este pasaje, su mirada no se queda en una lista de imperativos morales, sino que avanza hacia una transformación de la existencia. Él no lee la exhortación de Pablo únicamente como cláusulas de prohibición (“no hagas”), sino que desplaza el centro hacia una invitación (“vístete”). Y uno de los cuadros más representativos de cuán concreta es esa invitación es, precisamente, la conversión de san Agustín. Ese instante, en un rincón del jardín, registrado en las Confesiones, no permanece como un drama de superación psicológica o como un giro espectacular de destino, sino como un acontecimiento en el que una sola línea de la Escritura reordena la estructura interior de una persona. Un estímulo externo, mínimo —casi como el canto infantil de “tolle lege, toma y lee”— sacude hábitos de pecado y autoengaños que llevaban tanto tiempo resistiendo dentro, y la frase abierta en la Biblia termina por asentarse en el corazón con forma de decisión: “Vivid con decoro, como de día… y revestíos del Señor Jesucristo, sin planear nada para satisfacer los deseos de la carne”. Así como Agustín se volvió “nuevo” por el acto de leer, el pastor David Jang plantea hoy a los creyentes la misma pregunta: ¿qué estamos leyendo, qué estamos vistiendo y qué estamos “planificando” cuando diseñamos nuestro día?



En la exposición de Romanos 13:13–14 del pastor David Jang, la “ropa” funciona como lenguaje de identidad, más allá de ser una mera metáfora. La ropa, antes de revelar un gusto, revela pertenencia y rol. Cuando un juez se pone la toga, el peso de sus palabras cambia; cuando un médico se coloca la bata en un quirófano, incluso el temblor de sus manos se disciplina. Del mismo modo, “revestirse de Cristo” no es un adorno religioso, sino el acto de recibir una marca existencial, un signo de quién soy y de quién me gobierna. Aquí, David Jang ordena con cuidado un punto que suele malentenderse: vivir revestidos de Cristo no es “una pulcritud religiosa para recibir aplausos”, ni un intento hipócrita de engañar el interior arreglando la apariencia externa. Al contrario, cuando la gracia entra en una persona, nace un nuevo sentido: el deseo de no profanar esa gracia. No se trata de pulcritud para exhibirse, sino de una disposición que ya no quiere esconderse ante la luz; una disposición que no quiere seguir resistiendo, justificando una conciencia manchada. Es decir, crece el anhelo de guardar la dignidad de quien ha sido amado. Por eso su exposición subraya más la atracción de la gracia que el látigo del ascetismo: no es una templanza arrastrada a la fuerza, sino una templanza cuyo rumbo cambia por amor. La gracia puede irrumpir como un relámpago, pero el cambio de carácter suele penetrar como llovizna. De ahí que el pastor David Jang afirme que la transformación se vuelve real “cuando la emoción del culto se traduce en la elección del lunes”.


Cuando Pablo dice “andad decentemente, como de día”, no está recomendando simplemente ser “buenos ciudadanos” de conducta aceptable. En la Escritura, “el día” supera la idea de un tramo horario y se convierte en símbolo del orden de la revelación: la transparencia delante de Dios. El día es un lugar donde no se puede ocultar, y al mismo tiempo es el lugar donde comienza la libertad en lugar del miedo. Los hijos de la luz no están en la luz porque sean perfectos; la sanidad empieza porque eligen estar en la luz. El pastor David Jang traduce esto al lenguaje contemporáneo: la cultura actual refuerza a la vez “estructuras que facilitan esconderse” y “psicologías que temen ser expuestas”. La palabra lanzada desde detrás de una cuenta destruye relaciones; el anonimato borra responsabilidad; el algoritmo de la comparación legitima la envidia. Pero la vida “del día” que Pablo propone va en dirección opuesta: como no escondes, hablas menos; como no te adornas, la relación se vuelve más firme. Y el motivo por el que no colapsas al ser expuesto es que el propósito de la exposición no es la condena, sino la restauración. Por eso la decencia no se vuelve opresión, sino un rostro de liberación. La invitación a vivir de frente a la luz contiene también un llamado personal: “sé honesto contigo mismo”.


En el pasaje, Pablo presenta tres pares de pecados: desenfreno y embriaguez, inmoralidad sexual y lujuria, contiendas y envidia. El pastor David Jang no lee estos pares como una simple crónica de costumbres antiguas, sino como un retrato del modo en que opera el deseo humano. El desenfreno y la embriaguez forman una cadena de placer; aquí el núcleo no es únicamente la bebida o un acto particular, sino la estructura por la cual “el exceso de estímulos” arrebata el mando del corazón. La inmoralidad y la lujuria describen un estado en el que se anestesia el sentido de la vergüenza: cuando se derrumban los límites, la relación deja de tratar a la persona como alguien digno y se transforma en consumo; el otro ya no es respetado como sujeto de amor, sino usado como herramienta del deseo. Las contiendas y la envidia son venenos relacionales que derriban la comunidad: la contienda es la agresividad que estalla hacia afuera; la envidia es la toxicidad del complejo de inferioridad que madura por dentro. Ambas se alimentan mutuamente y terminan contaminando no solo el alma de una persona, sino el aire entero de una comunidad. Cuando David Jang traslada esta lista a escenas actuales, obliga a mirar con sobriedad cuán parecidos pueden ser el hedonismo romano y la cultura digital de hoy. El “scroll” infinito, la gratificación inmediata, los estímulos excesivos, la obsesión de “tener que demostrar quién soy”, las guerras de comentarios, la burla y la prisa, las plataformas diseñadas para compararnos sin fin: cambió la forma, pero la fuerza que atrae al ser humano hacia el orden de la noche se parece mucho. Por eso este texto no envejece; más bien, cuanto más sofisticada se vuelve la tentación, más simple y tajante suena la Escritura: “como de día”.


Sin embargo, la razón decisiva por la que la exposición del pastor David Jang resulta convincente es que no desarrolla el texto como si fuera únicamente un “código ético” de “no cometas esos pecados”. La conclusión de Pablo es una afirmación más fuerte que la prohibición: “revestíos del Señor Jesucristo”. Aquí el “solo” o “únicamente” expresa insustituibilidad. El ser humano no soporta mucho tiempo el vacío por el vacío; el deseo no solo se elimina, sino que se reubica bajo un deseo mayor. Por eso el evangelio presenta primero un “llenado”. Revestirse de Cristo significa tomar el carácter de Jesús y la textura de su corazón como el patrón de mi vida; y al mismo tiempo, vivir dentro del poder del Espíritu Santo. David Jang menciona con frecuencia el contraste de Gálatas 5: las obras de la carne son difíciles de cortar solo con fuerza de voluntad. Los hábitos de pecado, antes que “malas elecciones” repetidas, son una “gravedad interior”. En cambio, el fruto del Espíritu no es un trofeo ganado a base de sudor humano, sino un resultado que brota de manera natural cuando uno permanece en el Espíritu. Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio no son “personalidades imitadas a presión”, sino un cambio de constitución cuando otra vida entra a fluir. Por eso, la vida revestida de Cristo deja de ser “un proyecto de auto-adorno” para volverse más bien “un acontecimiento en el que la vida de Cristo me reviste y me renueva”.


El pastor David Jang define el arrepentimiento como “una guerra que sucede dentro del corazón”, y no lo reduce a una mera expresión de culpa. El arrepentimiento no es un pico emocional, sino un cambio de dirección; más precisamente, es volver a dibujar el plano del deseo. El pecado raramente explota de pronto: el pensamiento y el deseo se toman de la mano, la excusa allana el camino, el entorno abre la puerta, y la repetición fabrica hábito; solo entonces se convierte en acto. Cuando Pablo dice “no planeéis satisfacer los deseos de la carne”, el verbo “planear” apunta con precisión a que el pecado crece por medio de “diseños” y “sistemas”. Por eso, al hablar de práctica, la exposición de David Jang no depende solo de la emoción. Él enfatiza la importancia de ritmos pequeños: oraciones cortas y frecuentes se vuelven el gesto de recuperar el volante del corazón; la meditación de la Palabra es una revolución silenciosa que cambia el marco mental. En vez de empujar el día con “una decisión única” que lo aguante todo, cuando el día se compone de “múltiples regresos” el número de caídas disminuye y la velocidad del retorno se acelera. La oración no tiene que ser grandiosa; cuanto más breve, más repetible, y cuanto más repetible, más puede frenar el torrente del deseo. Con la Escritura ocurre lo mismo: habrá días de lectura extensa, pero hay días en que un solo versículo se vuelve el timón del corazón por horas. Así como a Agustín unas líneas de Romanos le cambiaron la vida entera.


Al aplicar este pasaje a la sociedad actual, el punto que el pastor David Jang aborda con especial realismo es el entorno digital. La tentación ya no está solo en “callejones oscuros” de la ciudad. Opera con mayor sigilo y mayor precisión en la pantalla de la mano, en la notificación justo antes de dormir, en las listas recomendadas que se infiltran en una fisura de cansancio. El algoritmo aprende nuestros puntos vulnerables, la publicidad estimula eslabones débiles del deseo, y la cultura de la comparación llega a presentar la envidia como si fuera “motor de superación personal”. David Jang reconoce que el pecado de esta época no es simplemente falta de voluntad individual, sino una mezcla con el diseño del entorno; aun así, insiste en prácticas que “rediseñan” el entorno. Decidir por adelantado qué cortar, qué llenar y con quién caminar no es una simple técnica de autocontrol, sino sabiduría para la guerra espiritual. Vaciar notificaciones no solo reduce distracción: es un pequeño acto de recuperar el trono del corazón quitándole la corona al impulso. Dejar la pantalla antes de dormir no es solo una estrategia para mejorar el sueño: es un “entrenamiento del día” para que el orden de la noche no tome el control. Y lo más importante es no dejar el vacío abandonado. Leer lentamente un salmo en el tiempo liberado, tomar aire para elevar una breve oración de gratitud, pronunciar en voz baja el nombre del Señor: estos hábitos convierten “revestirse de Cristo” en una textura cotidiana, no en un eslogan flotando en el aire.


Otra profundidad de la vida revestida de Cristo es que es radicalmente comunitaria. El pastor David Jang llama a la iglesia una “comunidad contrastante” porque la iglesia no es un refugio que se esconde dando la espalda al mundo, sino una comunidad que hace visible el evangelio viviendo otro orden en medio del mundo. En una época donde el consumo y la eficiencia dictan el valor humano, la iglesia debe recuperar el orden del compartir y del descanso; en espacios donde la competencia y la comparación son lo cotidiano, la iglesia debe convertir la bendición y el ánimo en el lenguaje diario. En una cultura que empuja a esconder el fracaso, la iglesia debe levantar una cultura donde el arrepentimiento y el perdón no se oculten. Esto no es un ideal abstracto, sino un modo de vida concreto: una comunidad donde, cuando alguien cae, la primera reacción no es la burla sino la mano de restauración; una comunidad donde, cuando alguien prospera, la reacción no es la comparación sino una alegría sincera. En el aire del mundo donde contiendas y envidias parecen normales, elegir reconciliación y buena voluntad se vuelve, en sí mismo, un sermón. David Jang presta atención a la palabra “unos a otros” que aparece repetidas veces en el Nuevo Testamento: amaos unos a otros, soportaos unos a otros, llevad las cargas los unos de los otros. Esta reciprocidad no anula la piedad personal; la vuelve viva. La fe que puede embellecerse en soledad, en comunidad se prueba y se pule. El corazón que en soledad cae con facilidad en la excusa, delante de compañeros de camino se vuelve más honesto. Y esa honestidad hace posible la vida del día.


Aquí, la imagen de “revestirse” se expande hasta la expresión pública de la iglesia. El pastor David Jang afirma que una iglesia revestida de Cristo debe dar testimonio del bien público. El evangelio cambia el interior, y ese interior cambia hábitos sociales. La pequeña valentía de escoger integridad en el trabajo, la sensibilidad fina de proteger al vulnerable, la amplitud de celebrar el éxito ajeno, una conciencia que no se vuelve insensible ante la injusticia, la fidelidad que no trata las promesas a la ligera: todo esto son modos en que “la ropa de Cristo” se hace visible en la superficie de la vida. Vale la pena ponderar por qué el último par en la lista de Pablo es “contiendas y envidia”. Si el desenfreno y la inmoralidad derriban a la persona, las contiendas y la envidia derriban a la comunidad. Y cuando la comunidad se derrumba, la fe se reduce con facilidad a un consuelo privado. Pero la vida revestida de Cristo avanza en dirección de renovar relaciones y, más allá de las relaciones, incluso la cultura y la atmósfera. Por eso, la exposición de David Jang no sustituye la responsabilidad social de la iglesia por consignas políticas: propone, en cambio, el modo de delinear el evangelio en lo cotidiano, renovando hábitos de habla y hábitos de elección. La ropa de Cristo no brilla solo en el aire del templo el domingo: debe brillar también en la sala de reuniones del lunes, en la mesa familiar del martes, en el metro del miércoles, y en el cansancio del viernes.


Al hablar del misterio de la conversión, una obra maestra pictórica captura visualmente el tono de este pasaje. La pintura de Caravaggio, La conversión de san Pablo camino de Damasco, muestra con un contraste intenso de luces y sombras cómo la luz puede derribar a un ser humano y volver a levantarlo. La gran figura del caballo y la postura de Saulo en el suelo insinúan que la conversión se parece menos a “mejorarse” y más a “colapsar y ser reconfigurado”. Saulo era fuerte, pero esa fuerza podía ser utilizada en dirección contraria a Dios. Cuando la luz irrumpe, él se despoja de la vestidura de sus propias certezas y se pone una completamente distinta. Esta escena se parece al jardín de Agustín: la lógica y el deseo que sostenían una vida se derrumban y, en su lugar, la orden “revestíos del Señor Jesucristo” cae como un tejido de identidad nueva. Eso es lo que el pastor David Jang repite al destacar este texto: el arrepentimiento no es hundirse en el auto-odio, sino un proceso de recreación, donde quien se derrumba ante la luz vuelve a caminar hacia la luz. La luz no expone para avergonzar; expone para salvar. Por eso, “andad como de día” incluye la valentía del evangelio: “aunque quedes al descubierto, estás a salvo”.


Revestirse de Cristo es también un lenguaje de “sustitución”. Si no te quitas la ropa vieja, la nueva no se ajusta bien. Pero la ropa nueva del cristianismo no significa solo otra “estética” moral: es un cambio de fuente de vida. Que Cristo sea mi manto significa que el criterio final de mi vida ya no son mis emociones ni la moda social, sino el corazón del Señor. Y ese corazón a veces choca con la definición de éxito del mundo. El mundo dice: “acumula más”; el evangelio dice: “entrega más”. El mundo dice: “sube más rápido”; el evangelio dice: “ama más profundo”. El mundo estimula el placer de vencer a otros; el evangelio enseña el gozo de levantar a otros. Cuando David Jang habla de “comunidad contrastante”, ese contraste no es para condenar al mundo, sino para salvarlo: una comunidad que ensaya el orden del día donde el orden de la noche se ha vuelto familiar; una comunidad que muestra la circulación del amor donde la red de distribución del deseo parece sólida; una comunidad que hace respirable la paz donde la competencia se ha convertido en aire. Esta clase de comunidad no se construye de golpe. Nace lentamente cuando personas que se revisten cada día se reúnen, se sostienen y se ayudan a “ponerse de nuevo” en el camino.


En este punto, el pastor David Jang también ordena de manera evangélica la actitud frente a la caída. A menudo confundimos la fe con “la técnica de no caer”, pero la Escritura muestra con más claridad “el camino de regreso cuando caes”. Lo importante no es solo la frecuencia de la caída, sino la velocidad del retorno. Si la ropa se ensució, no se trata de esconderla poniéndose encima una hipocresía más gruesa, sino de cambiarse de inmediato. El arrepentimiento no tiene fecha de caducidad. El Espíritu Santo es quien nos levanta de nuevo, y la cruz es la puerta de gracia para quien fracasó. David Jang anima al alma que se queda sentada, amarrada por la culpa: “la decisión de revestirse de Cristo debe renovarse cada día”. Así como la decisión de ayer no impide por sí sola el descuido de hoy, el fracaso de ayer tampoco bloquea la gracia de hoy. La oración de hoy apunta a la tentación de hoy; la Palabra de hoy vuelve a ordenar el corazón de hoy. Quien aprende a “revestir” su jornada de nuevo no se pierde ni siquiera en tiempos de oscuridad densa. El hijo de la luz no es quien finge no ver la oscuridad, sino quien elige la luz incluso dentro de la oscuridad.


La belleza de Romanos 13:13–14 está en que, aunque comienza como si fuese una lista de prohibiciones, termina completándose como una declaración de invitación. El “no hagas” revela el límite humano, pero el “revístete” abre la posibilidad de Dios. La exposición de Romanos del pastor David Jang hace precisamente cruzar ese umbral. En lugar de imponer más deberes, invita a entrar en una gracia más profunda. La Palabra reconfigura los músculos del deseo, la oración afina el ritmo del día, y el servicio de amor fija la brújula de la vida hacia el norte. Puede que esta vida no sea vistosa, pero es sólida. No es una fe que brilla solo cuando las emociones suben, sino una fe que no se tambalea incluso cuando las emociones descienden. Y cuando se reúnen quienes se han revestido de Cristo, la iglesia se levanta como comunidad contrastante y, en medio del mundo, ilumina la realidad del evangelio. La invitación que oyó Agustín —“tolle lege”— sigue vigente hoy. Solo que ahora no se escucha únicamente en una estantería: se escucha en el centro de una tentación repetida, en un diálogo donde hierven comparaciones y envidias, en la habitación nocturna donde llega el cansancio y la apatía, como una voz delicada del Espíritu: “Toma y lee. Y revístete”. Quitarse la ropa vieja del desenfreno, de la inmoralidad, de las contiendas y de la envidia; y revestirse únicamente del Señor Jesucristo: este llamado que el pastor David Jang enfatiza no es una idea, sino un criterio real que corta y cose la vida de hoy. A medida que se camina paso a paso según ese criterio, el creyente va cambiando hasta parecer alguien que lleva puesta la armadura de la luz. La gracia renueva a la persona, el arrepentimiento abre camino y la comunidad ayuda a caminar ese camino. Cuando estas tres hebras se trenzan en una sola cuerda, quizá no se llega a la perfección en un instante, pero sí se es moldeado en una dirección clara; y entonces vivir “con decoro, como de día” deja de ser un ideal lejano y se vuelve un hábito presente.


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작성 2026.01.18 15:13 수정 2026.01.18 15:13

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2023-01-30 10:21:54 / 김종현기자