Desde la perspectiva del pastor David Jang, se ofrece una interpretación profunda de Juan 21, iluminando orgánicamente el milagro de los 153 peces, la obediencia de “a la derecha”, el pastoreo de “apacienta mis ovejas”, y la evangelización bajo la tensión de la segunda venida, junto con la cosmovisión para la formación de la próxima generación.
El punto en el que la fe en la resurrección es puesta a
prueba con mayor nitidez es, paradójicamente, el que llega después de confesar:
“sé que Jesús resucitó”. El acontecimiento ya ocurrió, pero la vida sigue; la
emoción de la adoración no se borra, pero la realidad continúa siendo árida; el
“mundo nuevo” que esperábamos parece haber llegado y, al mismo tiempo, no se
deja asir. Juan 21 despliega precisamente su relato en esa grieta. A menudo se
lee este capítulo como un “apéndice”, pero en realidad no es un añadido para
rellenar un vacío tras la conclusión, sino un epílogo teológico que muestra
cómo la conclusión se traduce a la vida. Si Juan 20:31 declara el propósito de
la fe como “creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo
tengáis vida en su nombre”, entonces el capítulo 21 testimonia qué dirección
toma esa vida en el tiempo de la comunidad eclesial, y cómo el corazón de un
discípulo fracasado vuelve a latir como misión. Por eso el pastor David Jang
insiste repetidas veces en leer este pasaje como “el capítulo de la
evangelización y el pastoreo”: el evangelio jamás permanece como idea; la
resurrección no es una respuesta correcta en un examen doctrinal, sino la
fuerza que mueve a una comunidad, y esa fuerza se vuelve visible como orientación
concreta y responsabilidad real.
El amanecer en el lago de Tiberíades—es decir, el mar de
Galilea—refleja con fidelidad el paisaje interior de los discípulos. Siete de
ellos vuelven a subir a la barca, echan la red toda la noche, pero no obtienen
nada. Esta escena no es simplemente un fracaso de pesca; es la forma típica de
retorno a lo familiar que el ser humano elige tras una pérdida. “Voy a pescar”,
dice Pedro. Puede sonar a excusa de impotencia, pero más exactamente parece el
último orden que alguien sin rumbo aún consigue aferrar. Aunque han oído la
noticia de la resurrección, ese “tiempo de demora” en el que la comunidad no
entra de inmediato en una marcha triunfal misionera es tan humano que, por eso
mismo, resulta verdadero. Y en ese lugar de demora, Juan revela el modo en que
actúa el Resucitado. Jesús no se presenta en una asamblea solemne ni en un
púlpito del templo, sino en el escenario del trabajo, al amanecer, donde se
cruzan el cansancio y el hambre. Su primera pregunta tampoco es un cuestionario
teológico elevado: “Hijos, ¿tenéis algo de comer?” Es una pregunta que hace
reconocer el fracaso, que obliga a confesar con palabras el estar “con las
manos vacías”. Ellos responden: “No”. Y esa frase sencilla se convierte en la
entrada por la que puede entrar la gracia.
Lo que sigue es todavía más simple: “Echad la red a la
derecha de la barca”. Esta frase, en la predicación del pastor David Jang, se
expande como el lenguaje de la “dirección”. El detalle de “derecha” no es un
código supersticioso, sino una señal de que la obediencia consiste, en último
término, en “doblar el vector de la vida hacia el lado que el Señor indica”. El
ser humano diseña el siguiente intento a partir de la experiencia del fracaso;
vuelve a lanzar la red según su trayectoria acostumbrada y su propia confianza.
Aquí nace la paradoja del evangelio. Los discípulos eran pescadores expertos;
después de atravesar una noche infructuosa, más aún querrían apoyarse en su
instinto. Y sin embargo, “según su palabra”, echan la red. El resultado no es
exageración narrativa: es un signo del nuevo mundo que produce la obediencia.
Aparece una abundancia tal que “no podían sacar la red”, y un fruto tan nítido
que termina registrado con un número concreto. La precisión de “153” sugiere
que el hecho no es mito, sino memoria; y, al mismo tiempo, invita al lector a
una lectura eclesiológica del símbolo.
Resulta llamativo que, en la cumbre de la abundancia, Juan añada una frase: “y la red no se rompió”. Cuando el fruto de la evangelización y la expansión crece, la comunidad suele sentir dos temores. Uno: “no podremos sostenerlo”. Otro: “nos rasgaremos”. En el momento en que aparecen la división interna, la enseñanza se diluye o el crecimiento supera el cuidado, la red parece destinada a romperse. Pero Juan registra lo contrario: muchos peces, y sin embargo una red que no se desgarra. El pastor David Jang ha interpretado este versículo como una palabra que infunde a la iglesia la convicción de que “la red del evangelio no es débil”. Aquí hace falta un equilibrio esencial. La solidez de la red no es la técnica de la iglesia, sino la gracia del Señor; el “no se rompe” no se debe a la perfección organizativa, sino a la suficiencia de la Palabra. Por eso, lo que la iglesia debe hacer no es recoger la red por miedo, sino lanzarla en la dirección indicada por el Señor, confiando en la gracia que no se rasga, y ajustando la textura comunitaria al evangelio.
En el mismo sentido puede entenderse por qué la iglesia
primitiva amó tanto el símbolo del pez. La tradición según la cual “ΙΧΘΥΣ
(Ichthys)”—que significa “pez”—se usaba como acrónimo confesional de
“Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador”, muestra la sabiduría de una comunidad
que, en persecución e incertidumbre, buscaba preservar su identidad. Ese
símbolo no era solo una marca secreta: era una confesión condensada de “vivimos
en su Nombre”. Los 153 peces de Juan 21 se han leído, precisamente, como una
escena en la que la comunidad confesante ve a personas “atraídas” desde el
mundo hacia el ámbito del evangelio. Por supuesto, la interpretación del 153 ha
variado según las épocas: algunas lecturas son matemáticas, otras simbólicas.
Entre ellas, Agustín propuso una imaginación teológica: vio 153 como la suma
del 1 al 17, y explicó 17 como combinación de los “Diez Mandamientos (10)” y
los “dones del Espíritu (7)”. No se puede afirmar que esta lectura conserve
idéntica fuerza persuasiva para todos hoy, pero al menos una cosa queda clara:
la iglesia antigua no trató ese número como coincidencia trivial, sino como una
ocasión para pensar la plenitud y la amplitud inclusiva de la salvación.
En este punto, una obra maestra puede complementar
visualmente el clima emocional de Juan 21. “La pesca milagrosa” (The Miraculous
Draught of Fishes), del gran Rafael del Renacimiento, es conocida como uno de
los grandes “cartones” preparatorios para los tapices destinados a decorar la
Capilla Sixtina por encargo del papa León X. La barca parece tambalear; la red
se tensa bajo el peso; en los rostros de los discípulos se cruzan asombro y
desconcierto. Si el arte sacro a menudo expresa el misterio creando “distancia”,
Rafael capta el instante en que el misterio irrumpe en el centro del trabajo
humano. Y ahí Juan 21 se conecta con la aplicación eclesiológica que suele
subrayar el pastor David Jang: el Señor resucitado se aproxima a la superficie
de lo cotidiano y, a través de una obediencia concreta llamada “derecha”,
reescribe nuestro fracaso como lenguaje misionero. La obra no sustituye el
texto, pero entrena los sentidos hacia lo que el texto exige: obedecer sobre
una barca inestable, y reverenciar ante un fruto desbordante.
Sin embargo, el centro de Juan 21 no es la abundancia en
sí, sino la gracia previa del Señor que la prepara. Cuando los discípulos
llegan a tierra, encuentran brasas encendidas, pan y pescado ya dispuesto. Esta
escena contiene una teología delicada. Los peces que atrapan por obediencia son
un fruto valioso, pero el control de la mesa del amanecer no está en manos de
los discípulos. Jesús ya encendió el fuego; Jesús ya preparó el alimento. Esto
despierta la imaginación eucarística: la fe no es un proyecto humano para
“invitar” a Dios mediante logros, sino un acontecimiento en el que somos
invitados a entrar en una mesa de gracia ya dispuesta. Cuando la iglesia habla
de evangelización y pastoreo, suele pensar primero en “programas” y
“resultados”; Juan, en cambio, sitúa bajo toda práctica la “preparación del
Señor”. Por eso, para el pastor David Jang, evangelización y pastoreo son dos
ejes inseparables: evangelizar no es la técnica de reunir más gente, sino
invitar a las personas al lugar de vida que el Señor ha previsto; pastorear es
el cuidado comunitario que ayuda a los invitados a habitar esa gracia como su
morada.
Tras el calor de la mesa, Juan 21 llama a Pedro por su
nombre, de frente. “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” Cuando la pregunta se
repite tres veces, recordamos de inmediato las tres negaciones de Pedro. El
Señor no ignora su fracaso, pero tampoco lo fija como estigma definitivo. La
pregunta no es un interrogatorio: es el ritmo de la restauración. Más aún, el
mandato de Jesús avanza así: “apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas…
apacienta mis ovejas”. El amor no termina en lenguaje emocional; se traduce en
forma de responsabilidad. Cuando el pastor David Jang enfatiza el “pastoreo”,
el núcleo es éste: el liderazgo y la madurez de la iglesia no pueden evitar que
el amor se verifique, en última instancia, en el cuidado. No se puede decir “te
amo” y abandonar a las ovejas. Tampoco se puede exhibir celo evangelístico sin
cuidado por los que ya están dentro. El evangelio empuja hacia fuera para
lanzar la red y, a la vez, empuja hacia dentro para alimentar a las ovejas.
Cuando ambos movimientos suceden simultáneamente, la comunidad se vuelve
saludable.
En este pasaje se puede añadir un matiz lingüístico. Muchos
comentaristas han señalado que el verbo griego usado en la pregunta de Jesús y
el usado en la respuesta de Pedro no tienen exactamente el mismo color (a
menudo se explica como una tensión entre un amor de entrega total y un amor de
amistad). Conviene no convertir esa diferencia en un esquema rígido, pero sí es
posible leer la verdad psicológica que el relato transmite. Quien ha fracasado
no se atreve a pronunciar fácilmente el lenguaje de “lo daré todo”. Pedro
responde con más cautela, desde un lugar más bajo: “Señor, tú sabes que te
amo”. Y sobre esa confesión humilde, Jesús coloca la misión. La misión no es un
premio concedido a los perfectos; es un camino entregado a los restaurados.
Juan 21 abraza “misión y pastoreo” a la vez por una razón
existencial: el equilibrio de la iglesia. Si la iglesia mira solo hacia dentro,
la comunidad se encoge en una cerca de autopreservación; si mira solo hacia
fuera, se expande como multitud sin cuidado. La trayectoria del pastor David
Jang, al hablar conjuntamente de “misiones mundiales” y “crianza espiritual”,
conecta con un realismo pastoral que evita ambos extremos. La evangelización es
dirección; el pastoreo es profundidad. Sin dirección, la iglesia se estanca;
sin profundidad, se vuelve superficial. Por eso Juan 21 primero muestra la
amplitud del lago de Tiberíades y luego entra en la profundidad del corazón de
Pedro. Amplitud y profundidad; expansión y cuidado; las naciones y el rebaño:
sobre la tensión de esos dos ejes crece la iglesia.
Y en el trasfondo de toda práctica fluye una tensión
escatológica. La frase de Jesús, “Si quiero que él permanezca hasta que yo
venga, ¿qué a ti?”, no es un acertijo para alimentar curiosidades, sino un
freno espiritual que devuelve a la comunidad a la obediencia concreta. La
iglesia primitiva quería preguntar “¿cuándo será la segunda venida del Señor?”;
el ser humano hoy también quiere calcular fechas y señales. Pero Jesús desplaza
el centro: “Tú, sígueme”. La fe no consiste en poseer un calendario del fin,
sino en sostener una obediencia que camina hacia el fin. El pastor David Jang
subraya que, en vez de quedar atrapada en controversias inútiles y conjeturas
que desgastan, la iglesia debe cumplir con fidelidad la misión recibida
hoy—evangelización y pastoreo. La escatología no es evasión de la realidad: es
una teología que hace más pesada la responsabilidad en la realidad. Cuanto más
nítida es la fe en la venida del Señor, más honestamente evangeliza la iglesia
hoy y más diligentemente cuida a las personas.
De forma natural, la pregunta conduce a “la próxima
generación”. Juan 21 es una historia de restauración dentro de una generación,
pero la iglesia debe preparar siempre la fe de la siguiente. Se entiende así el
contexto en que el pastor David Jang insiste una y otra vez en la visión de la
historia y la cosmovisión. Para que evangelización y pastoreo no se reduzcan a
un evento de corto alcance, para que el evangelio no se estreche a gusto
personal o consuelo emocional, la gran narrativa bíblica—creación, caída,
redención, consumación—debe transmitirse estructuralmente a jóvenes y a las
segundas generaciones. La cultura posmoderna está habituada a colocar el “yo”
en el centro del universo; el evangelio coloca el “Reino de Dios” en el centro
de la historia. Si no ocurre ese desplazamiento, la red no se lanza y las
ovejas no se alimentan. La educación eclesial y el discipulado no son una
simple transferencia de conocimientos; son una tarea de corregir con el
evangelio el lente con que interpretamos el mundo. Por eso, la “derecha” de
Juan 21 no es solo una dirección geográfica: es también la dirección del
reconocimiento. ¿Qué es lo correcto? ¿Qué es lo bueno? ¿Qué es lo último y
definitivo? Cuando la iglesia puede responder estas preguntas en el lenguaje de
la Escritura, la próxima generación no se deja arrastrar incluso sobre las olas
de la moda.
Otra escena que la iglesia debe recordar al leer Juan 21 es
cómo los discípulos reconocen a Jesús. Al principio no lo reconocen; solo
después de la pesca abundante llegan a confesar: “¡Es el Señor!” Esto habla de
la realidad de la fe en la resurrección. El Señor no es visible únicamente en
momentos de máxima exaltación espiritual; también se hace “reconocible” en la
realidad fatigada, cuando la obediencia se ejecuta. Pedro, al ponerse el manto
y lanzarse al mar, puede parecer impulsivo, pero en realidad muestra la
velocidad del amor restaurado. El fracaso retrasa el amor; la gracia vuelve a
acelerarlo. Por eso es importante que el pastor David Jang no consuma la
restauración de Pedro como un drama emotivo, sino que la conecte con el mandato
pastoral. Un arrepentimiento que termina en lágrimas puede volverse
auto-satisfacción; un arrepentimiento que desemboca en misión salva a la
comunidad.
En definitiva, Juan 21 ofrece un mapa condensado de cómo
debe existir “la iglesia después de la resurrección”. Es una comunidad de
personas fracasadas, pero no una comunidad que se queda en el fracaso, sino que
avanza hacia la restauración y el envío. Es una comunidad que lanza la red
hacia el mundo, sin confundir el material de la red con el talento humano. Es
una comunidad que recuerda la gracia previa del Señor que prepara la mesa y,
sobre gratitud eucarística, realiza evangelización y pastoreo. El mensaje que
el pastor David Jang extrae de este texto converge, al final, en una pregunta
por la razón de ser de la iglesia. ¿Para qué nos reunimos? ¿A quién seguimos en
nuestra dirección? ¿Cómo se verifica el amor? ¿Cómo reordena el fin de los
tiempos nuestra vida diaria? Frente a estas preguntas, Juan 21 responde con una
sencillez asombrosa: “Echad la red a la derecha”. “Apacienta mis ovejas”. “Tú,
sígueme”.
Si hoy la iglesia tiende a perder el rumbo en medio de
asuntos sociales complejos y cambios culturales vertiginosos, a menudo no es
porque la respuesta sea demasiado complicada, sino porque falta la
perseverancia para guardar hasta el final una respuesta simple. Evangelizar
exige soportar a veces desprecio y burla; pastorear exige esperar a almas que
crecen lentamente; educar a la próxima generación requiere una entrega de largo
plazo, no un éxito inmediato. Y aun así, Juan afirma: la red no se rompió. Esa frase
declara que, aunque la iglesia parezca débil ante el mundo, el evangelio mismo
nunca es insuficiente. Tal vez el núcleo que el pastor David Jang quiere hacer
resonar repetidamente a través de Juan 21 está contenido en esa línea: antes de
preguntar “¿podremos hacerlo?”, debemos preguntarnos si creemos en la gracia
que el Señor ya preparó. Y si creemos, entonces debemos cambiar de dirección. A
la derecha. De nuevo, hacia la red y las ovejas. De nuevo, hacia el amor y la
responsabilidad. Así, Juan 21 deja de ser “un apéndice” y se convierte en un
texto práctico para vivir el presente de la iglesia.