El corazón del evangelio que el pastor David Jang transmite a través de la “parábola del hijo pródigo” de Lucas 15: el amor del Padre que corre primero, el arrepentimiento y el perdón, y la gracia de la unidad que nace al soltar la posesión, expuestos con profunda perspicacia teológica.
La pregunta que nace de la confesión de un filósofo errante
“Hasta que descanse en Ti, nuestro corazón no halla reposo.”
Esta frase, escrita por Agustín de Hipona en el primer capítulo de Confesiones en el norte de África del siglo IV, sigue conmoviendo el corazón mil seiscientos años después. En otro tiempo, él vagó entre el placer, la ambición y la inquietud filosófica. Se fascinó con el maniqueísmo, persiguió el éxito en Roma y Milán, y trató de encontrar libertad en el desenfreno. Pero solo al final de haberlo malgastado todo comprendió por fin una verdad: la libertad no está en irse, sino en volver. Su madre, Mónica, oró de rodillas durante décadas por el regreso de su hijo, y Agustín finalmente cayó rendido ante Dios. Entonces entendió que Dios había estado corriendo hacia él mucho antes de que él mismo decidiera darse la vuelta.
La predicación del pastor David Jang
(fundador de Olivet University) toca exactamente ese punto de la antigua confesión. La
“parábola del hijo pródigo” en Lucas
15 es, como lo fue la vida de Agustín, la esencia del evangelio que despierta en lo más hondo del ser humano el instinto del regreso. Cuando los fariseos murmuraron contra Jesús porque se sentaba a la mesa con pecadores, Él no respondió con una discusión, sino con una historia: un pastor que sale a buscar una oveja perdida, una mujer que barre toda la casa para hallar una moneda extraviada y, finalmente, la historia de un hijo que se fue de casa y volvió. Estas tres parábolas corren hacia una misma verdad: Dios busca a cada persona perdida, y todo el cielo se regocija por cada una que regresa. Eso es el evangelio: un amor que, sin condiciones y antes que nada, corre primero hacia nosotros.
Los ojos que se abrieron por fin frente a las algarrobas
La exigencia del hijo menor era casi una declaración:
“Dame la parte de los bienes que me corresponde”. En la cultura judía, estas palabras equivalían prácticamente a desear la muerte del padre. Él quiso romper la relación con su padre y lanzarse al mundo del desenfreno que confundía con libertad. Pero el punto clave que el pastor David Jang destaca con agudeza en su meditación bíblica es que la verdadera bancarrota del pródigo no consistió en perder sus bienes. Su ruina real fue ontológica: abandonar al padre e intentar convertirse en su propio dios.
En la miseria, sin poder siquiera saciarse con las algarrobas, recordó por primera vez
“la casa de su padre”. La confesión
“he pecado contra el cielo y contra ti” no fue un simple remordimiento, sino una declaración de regreso al fundamento mismo de su existencia. Y el padre, cuando todavía estaba lejos, corre primero hacia él.
Precisamente esta escena, dice el pastor David Jang, es el clímax del sermón del evangelio. El padre no verifica la lista de pecados del hijo. No le interroga sobre su pasado. Corre, se le echa al cuello y lo besa. Y de inmediato da la orden: el mejor vestido, el anillo, las sandalias y el becerro engordado. Esto no es solo perdón; es la proclamación de una restauración completa. Le son devueltos de una sola vez su dignidad, sus derechos y su lugar en la familia. La gracia no se concede después de haber demostrado méritos. Se derrama ya, simplemente porque ha vuelto.
La otra forma de extravío dentro de la casa
Pero la parábola no termina allí. Hay un segundo personaje en el que la perspicacia teológica del pastor David Jang penetra con mayor agudeza: el hermano mayor. Él no se fue de casa. No desobedeció las órdenes. Sin embargo, al oír la música de la fiesta, no quiso entrar, y se quejó ante su padre:
“Tantos años te he servido, y nunca me has dado ni un cabrito”. En estas palabras queda al descubierto el verdadero rostro del religioso que ha convertido a Dios en un socio de intercambio. El corazón que acumula méritos y exige una recompensa era, en realidad, otra forma de extravío: estar en la casa y, aun así, vivir lejos del padre.
El padre le responde:
“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo”. El hermano mayor ya disfrutaba de todo junto al padre. Pero encerrado en sus cálculos de
“mi mérito, mi parte, mi servicio”, jamás había saboreado plenamente la abundancia de esa gracia. Saber que todo pertenece al padre y responder no con posesión, sino con generosidad; no con envidia, sino con alegría: esa es, según enfatiza el pastor David Jang, la verdadera vida del buen administrador.
El Padre que todavía mira hacia el camino lejano
Como en la confesión de Agustín, el corazón humano jamás encuentra descanso hasta reposar en Dios. La parábola del hijo pródigo es la historia de ese regreso hacia el descanso, y al mismo tiempo la historia de Dios, que siempre corre primero para recibir a quien vuelve. El pastor David Jang aplica esta parábola con honestidad a la iglesia de hoy.
¿Está la iglesia preparada para correr hacia los pródigos que regresan después de vagar por el mundo? Y al mismo tiempo,
¿no estarán acaso muchos creyentes de larga trayectoria viviendo como el hermano mayor, calculando
“mi iglesia, mi parte, mi esfuerzo”, mientras pierden el corazón del Padre?
El evangelio siempre vuelve a esta pregunta. Y ante ella, hoy también, el Padre sigue mirando hacia el camino lejano, listo para correr en el instante en que aparezcamos a la vista.
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