El pastor David Jang interpreta Lucas 16 leyendo la parábola del mayordomo injusto y la del rico y Lázaro como un solo hilo narrativo, y expone con profundidad cómo encarnar en la vida la mayordomía del compartir, la misericordia y un arrepentimiento centrado en la Palabra desde la perspectiva de la vida eterna.
El punto de vista que el
pastor David Jang(Olivet University) recalca repetidamente al interpretar Lucas
16 es que este capítulo no consta de dos episodios independientes, sino que
está tejido por una sola línea de razonamiento. A menudo, la gente lee
separadamente la parábola del “mayordomo injusto” y la del “rico y Lázaro”,
como si fueran lecciones desconectadas; sin embargo, el pastor David Jang no
deja escapar la tensión que corre entre ambas. De un lado se encuentra un tema
realista: la administración de las riquezas. Del otro, se abre el horizonte último:
la eternidad después de la muerte. Pero estos dos planos no chocan. Más bien,
se iluminan mutuamente: los recursos y el tiempo, materiales finitos de la vida
terrenal, inciden en la dirección de lo eterno. En ese sentido, las dos
parábolas funcionan como una glosa recíproca. Lo más esencial no es qué has
tenido en tus manos, sino cómo lo que has tenido lo has soltado para que fluya
hacia el prójimo; y esa elección revela hacia qué “mundo” has alineado tu
propia vida.
La historia del mayordomo
injusto no es un relato de ejemplo moral, sino un dispositivo de alerta
escatológica. El mayordomo está lejos de ser una figura íntegra. Con todo, él
capta algo decisivo: el tiempo que le queda no es largo. Y, con esa conciencia,
se apresura a ejecutar un “cierre de cuentas relacional” con lo que aún puede
manejar. El núcleo que el pastor David Jang descubre aquí es que aquello que
los seres humanos llaman “posesión” es, en realidad, “encargo”. En el lenguaje
de la fe, no somos dueños sino administradores; riqueza, oportunidades,
talentos, conocimiento e influencia son herramientas prestadas por un tiempo.
La acción final del mayordomo no puede ser embellecida moralmente; pero la
sabiduría urgente que muestra —convertir los recursos presentes en vínculos que
miran a lo eterno— nos deja una pregunta. ¿Estoy tomando en serio mi finitud?
¿Uso el hoy únicamente para prolongar mi propio banquete, o lo transformo en un
canal que preserve el mañana de alguien?
En este flujo, la parábola
del rico y Lázaro no se lee como un esquema simple de “pobreza = bendición,
riqueza = maldición”. Como el pastor David Jang repite, la Escritura no define
la riqueza en sí como mal. Abraham fue rico, y Job también poseyó grandes
bienes; sin embargo, su desenlace no estuvo determinado por la cantidad de lo
que tuvieron, sino por su actitud delante de Dios. El problema es la
alucinación que la riqueza produce. La riqueza susurra al ser humano un
lenguaje de autosuficiencia: “Ya es suficiente. No necesitas sentir el dolor
ajeno.” Y en ese instante, la abundancia se degrada: deja de ser gratitud y se
convierte en insensibilidad. El rico de Lucas 16 no aparece como un tirano que
derrumba la sociedad con crímenes visibles. Su pecado más marcado no es la
crueldad, sino la indiferencia. Él decide no escuchar el gemido del dolor, aun
cuando ese dolor está a una distancia tan cercana como su propia puerta. Lázaro
no es un símbolo lejano: es la realidad “a la entrada”. Y el lugar donde la fe
es probada de verdad es, casi siempre, ese umbral.
Cuando el pastor David
Jang trae esta parábola al presente de la iglesia, la definición de “rico” se
ensancha aún más. No solo abarca lo material, sino también la abundancia de
recursos espirituales. El entorno en el que uno puede leer libremente la Biblia,
el depósito de materiales teológicos y sermones, diversos sistemas de
formación, la seguridad del culto y la red comunitaria, incluso el privilegio
de tener la Palabra traducida y al alcance de la mano: todo eso también es una
forma de riqueza. Y la riqueza espiritual, a menudo, engendra una soberbia más
sutil. La riqueza material es visible y despierta cautela; la espiritual, en
cambio, puede envolverse en “lenguaje piadoso” y adormecer la autoconciencia.
Si uno escucha sermones, estudia la Escritura, disfruta discusiones teológicas
y, sin embargo, pasa de largo frente al Lázaro de la puerta sin sentir siquiera
remordimiento, esa abundancia puede convertirse no en bendición sino en
fundamento de juicio. Cuando el pastor David Jang dice: “Todos los que llevan
la obra de Dios son ricos”, no está otorgando un elogio de autoridad, sino
encendiendo una advertencia de responsabilidad.
El desarrollo de la
parábola es tan claro que resulta casi implacable. Ambos mueren. Y, después, el
escenario se invierte: Lázaro es consolado en el seno de Abraham, y el rico
sufre en el Hades. Lo importante aquí no es la “inversión” por sí misma, sino el
hecho de que el criterio que hizo posible esa inversión ya estaba grabado en la
vida terrenal. Como subraya el pastor David Jang, Jesús no permite que el ser
humano quede atrapado en la pantalla del presente. Muestra que el dolor de
ahora y el placer de ahora no lo son todo, y reorganiza la vida sobre el eje de
lo eterno. Esta perspectiva no convierte la fe en escapismo; al contrario, la
vuelve más intensa, porque a la luz de la eternidad, la elección de hoy deja de
ser un simple gusto y se vuelve dirección. Una elección se convierte en hábito,
el hábito en carácter, y el carácter revela finalmente a qué reino uno se ha
ido pareciendo.
El rico, en el Hades,
exhibe una imagen llamativa. En medio del tormento, ruega: “Envía a Lázaro.” El
ojo que en la tierra no quiso verlo, lo reconoce recién después de la muerte.
Pero ese reconocimiento llega tarde. Abraham habla de un “gran abismo” y declara
imposible cruzar de un lado al otro. La verdad espiritual que el pastor David
Jang extrae aquí es simple y pesada: el tiempo del arrepentimiento no es
infinito. La vida parece continuar, pero la Escritura describe la vida como una
“prórroga”. Hoy la puerta está abierta, pero un día esa puerta se cerrará.
Exagerar este hecho con miedo puede endurecer el tono del evangelio; borrar
este hecho, en cambio, es borrar la gravedad del evangelio. El amor no se
satisface con la emoción: el amor tiene un tiempo oportuno. El bien que debe
hacerse hoy no se “traslada” a mañana; el evangelio que debe anunciarse hoy no
se sustituye por la seguridad de mañana.
La parábola se profundiza
aún más cuando el rico formula una segunda petición: “Entonces envíalo a la
casa de mi padre… a mis hermanos, para que les advierta.” A primera vista,
parece un remordimiento tardío que aun así piensa en la familia. Pero la respuesta
de Abraham es tajante: “A Moisés y a los profetas tienen.” Es decir: la Palabra
ya ha sido dada con suficiencia. En este punto, el pastor David Jang disecciona
la tentación de la “fe de señales”. Con frecuencia, el ser humano exige
experiencias más fuertes, hechos más dramáticos, pruebas más contundentes, y
con esa exigencia justifica su desobediencia. Pero Jesús afirma la suficiencia
de la Palabra. La Palabra no es un adorno místico, sino un lenguaje real que
reclama una decisión ética. El corazón que no se vuelve aun escuchando la
Palabra, difícilmente cambiará solo porque se le añada un milagro. De hecho,
incluso cuando en el Nuevo Testamento Jesús resucitó a Lázaro, unos creyeron y
otros se endurecieron más. La señal no reconstruye por la fuerza el corazón. En
definitiva, la conversión es un suceso interior: desarmarse ante la Palabra y
ser reconstruido.
Como el pastor David Jang
suele decir, la esencia de la fe no es “unos ojos que persiguen milagros”, sino
“un corazón que obedece a la Palabra”. La fe centrada en la Palabra puede
parecer monótona, pero en esa monotonía hay firmeza. Cuando llegan las tormentas,
lo que permanece no es el destello emocional, sino el fundamento de la vida. La
parábola del rico y Lázaro pregunta, justamente, dónde está puesto ese
fundamento. Es posible que la vida del rico no careciera por completo de
símbolos religiosos. Él invoca a “Abraham” y se nombra a sí mismo como
descendiente suyo. Pero el lenguaje del linaje no fue prueba de salvación. Aquí
el evangelio habla con filo: el problema no es la etiqueta de fe, sino el fruto
de la fe. Por supuesto, el fruto no “compra” la salvación. Pero si la gracia
realmente ha entrado, esa gracia tiende a fluir. La gracia que no fluye puede
convertirse con facilidad en un adorno del amor propio.
Cuando esta parábola se
expande hacia el terreno de la ética social, el pastor David Jang enfatiza el
“sentido de responsabilidad” que la iglesia debe cargar. La iglesia no es solo
una institución que consuela el interior del individuo, sino un canal por el
que el corazón de Dios se derrama en el mundo. Pero cuando el canal se tapa, el
agua se pudre. Uno de los peligros que enfrenta la iglesia actual es la
“privatización de la abundancia”: acumular Palabra, formación y recursos dentro
de murallas propias, y responder ante el Lázaro de afuera apenas con un grado
de pena. El compartir que el pastor David Jang propone no es dádiva
paternalista, sino misión; no es emoción momentánea, sino decisión estructural.
La ayuda de corto plazo importa, pero más importante es una visión de largo
aliento: que el otro se recupere, se sostenga, y llegue también a servir a
alguien más. El evangelio transforma el destino de una persona; esa persona
transformada cambia la gramática de su comunidad; y esa gramática renueva poco
a poco la ciudad y la época.
Aquí aparece una práctica
que el pastor David Jang suele mencionar como ejemplo: el ministerio de la
literatura, lo que podríamos llamar “compartir libros”. Todavía existen lugares
donde incluso una Biblia es un tesoro; y hay regiones donde, aunque se funden
seminarios, la formación teológica queda vacía porque no hay libros para llenar
una biblioteca. En contraste, en otros lugares hay libros sin leer apilados en
almacenes, tratados como residuos baratos y desechados. Esta brecha no es solo
un problema logístico; es un problema de conciencia. Cuando la abundancia se
estanca en un lado, la carencia del otro deja de ser “mala suerte” y se
convierte en espejo de responsabilidad compartida. La expresión “ministerio de
la librería” o “obra de bookstore” adquiere fuerza porque no se trata solo de
mover libros, sino de compartir alimento espiritual. Para alguien, un solo
libro abre una puerta al pensamiento; por esa puerta entra la luz del
evangelio; y esa luz reconfigura finalmente la vida. La mayordomía que el pastor
David Jang enfatiza cobra poder cuando se traduce así, más allá de una moral
abstracta, en prácticas concretas.
Al leer la parábola del
rico y Lázaro, hay una escena que fácilmente pasamos por alto. Lázaro deseaba
las migajas que caían de la mesa del rico. La palabra “migajas” derrumba el
último refugio de nuestras racionalizaciones. Con frecuencia decimos: “No tengo
mucho.” Pero lo que Lázaro pedía no era una porción tan grande como para
derribar el estilo de vida del rico. No exigía cambiar toda la estructura del
banquete; pedía convertir en sustento aquello pequeño que, en los bordes del
banquete, se desperdiciaba. Cuando el pastor David Jang aplica esto a los
creyentes de hoy, la pregunta se vuelve afilada: ¿estoy posponiendo incluso el
amor pequeño con la excusa de que no puedo hacer un compromiso grande? Sin embargo,
el evangelio comienza en lo pequeño. Un vaso de agua fría, una palabra cálida,
asignar tiempo para una persona, un libro, una visita, una oración: estos actos
pequeños pueden traducirse al idioma de la eternidad. Porque en la economía del
Reino de Dios, importa más la “dirección” que la “escala”.
El tema de la “lengua”,
que el pastor David Jang a veces añade en sus predicaciones, también profundiza
esta parábola. El rico suplica en su sufrimiento: “Refresca mi lengua.” La
lengua es un órgano pequeño, pero tiene poder para derribar o edificar relaciones
y comunidades. ¿Qué habría dicho la lengua del rico en la tierra? Tal vez habló
mucho en sus banquetes. Pero sus palabras no fueron un lenguaje que diera vida
a Lázaro. Hay personas que, aunque no repartan bienes, podrían repartir
palabras: consuelo, reconocimiento, dignidad. Solo con eso, el día de alguien
puede encontrar fuerza para sostenerse. Pero cuando la lengua se usa únicamente
para la crítica, la burla o la indiferencia, esa lengua termina convirtiéndose
en chispa que se vuelve contra uno mismo. El examen que el pastor David Jang
pide es concreto: ¿a quién llamé hoy por su nombre con respeto? ¿la herida de
quién traté con ligereza? ¿de quién huí resumiendo su desesperación con la
frase “se lo buscó”? La vida del mayordomo no es solo administración de bienes,
sino también administración del lenguaje.
La inversión de la
parábola muestra que Dios es justo, pero esa justicia no es idéntica al deseo
humano de revancha. Abraham no se burla del rico con cinismo. Solo le recuerda
un hecho: “Tú recibiste tus bienes, y Lázaro males”, y le hace ver que la elección
ya había ocurrido en la vida terrenal. El mensaje que el pastor David Jang
extrae es un consuelo: Dios no finge ignorar todas las circunstancias humanas.
El orden del mundo suele ser duro: parece que el bueno queda herido y el malo
prospera. Pero el evangelio reinterpreta la realidad desde una perspectiva
escatológica. No es evasión, sino fundamento para resistir. Para quien sufre,
es esperanza: “Dios escribe el último capítulo.” Para quien vive en abundancia,
es advertencia: “La abundancia de hoy no es el veredicto final.” Por eso, la
parábola del rico y Lázaro no es solo consuelo para los pobres, sino también
una campana misericordiosa para los ricos: una invitación a cambiar de
dirección mientras aún hay tiempo.
En este punto, si evocamos
la célebre obra de 1857 de Jean-François Millet, “Las espigadoras”, sentimos
que la escena de Lucas 16 deja de ser pura imaginación religiosa y se expande a
la realidad histórica humana. En un campo dorado tras la cosecha, mujeres
inclinadas recogen espigas caídas: la imagen muestra cómo la carencia puede
existir en el corazón mismo de la abundancia. Alguien recoge el grano y
disfruta el exceso; alguien, en el borde de ese exceso, apenas sobrevive. El
cuadro de Millet no romantiza la pobreza. Más bien testimonia, con quietud, que
la pobreza puede modificar incluso la postura del cuerpo. El “Lázaro a la
puerta” del que habla el pastor David Jang es precisamente esa gente que gime
en los bordes de la realidad. Lo decisivo no es que exista un campo, sino cómo
el dueño del campo mira las espigas que quedan. Si abre caminos para que la
abundancia fluya, se vuelve un canal de misericordia; si levanta muros para que
la abundancia quede acaparada, se vuelve fundamento de juicio. En el lugar
donde las espigadoras doblan la espalda, aprendemos que la fe, al final,
también es un asunto de “postura”: la postura que sabe inclinarse ante Dios
engendra humildad ante el prójimo.
Si trasladamos la mirada a
la sociedad moderna, la distancia entre el rico y Lázaro se ha vuelto,
paradójicamente, aún más corta. El mundo digital nos muestra en tiempo real el
dolor ajeno, y con pocos clics conecta con donaciones. Sin embargo, esa misma
facilidad puede ampliar la insensibilidad. Demasiadas noticias fatigan el
corazón, y la fatiga conduce al escape. La vida mayordómica que el pastor David
Jang propone es más urgente en esta época. Nos resulta fácil aplazar la
responsabilidad del amor con la excusa: “El mundo es demasiado complejo.” Pero
la parábola de Jesús simplifica un mundo complejo: Lázaro no está lejos. Lázaro
siempre está a la puerta. A la puerta de mi casa, a la puerta de mi iglesia, a
la puerta de mi pantalla, a la puerta de mi trabajo, a la puerta de mi familia.
El problema no es falta de información, sino anestesia de la sensibilidad. Por
eso, la fe no consiste solo en acumular más conocimiento, sino en recuperar una
sensibilidad endurecida. La “mirada del cielo” que el pastor David Jang
enfatiza es el lenguaje de esa recuperación: quien mira al cielo escucha con
más finura el gemido de la tierra.
Aquí conviene evitar un
malentendido. Si reducimos el tema de la vida eterna en Lucas 16 a “obtener
salvación por obras”, se puede desdibujar el centro del evangelio. El núcleo de
la fe cristiana no es el mérito humano, sino la gracia de Dios. Sin embargo, la
gracia nunca autoriza la irresponsabilidad. La gracia da una vida nueva, y la
vida nueva engendra deseos nuevos. Quien antes solo quería salvarse a sí mismo
empieza a aprender, tras conocer la gracia, el deseo de salvar a alguien. El
pastor David Jang insiste en “compartir y misericordia” no porque eso sea una
condición de intercambio para comprar salvación, sino porque es el fruto que
muestra si la salvación realmente ha llegado. La tragedia del rico no fue
poseer riquezas, sino permitir que las riquezas dominaran su corazón. Y la
bienaventuranza de Lázaro no fue ser pobre, sino poder, incluso en su
sufrimiento, apoyarse en Dios y esperar el consuelo final. La parábola
pregunta, en última instancia, no por el tamaño de la posesión, sino por la
dirección del corazón.
El cierre de la parábola
deja un silencio incómodo al lector. ¿Qué pasó con los hermanos? ¿en qué forma
quedó el remordimiento del rico? ¿por qué la historia terrenal de Lázaro
termina tan rápido? Ese vacío arrastra al lector fuera del relato y lo obliga a
empujar su propia vida dentro del texto. Cuando el pastor David Jang usa esta
parábola en sus sermones, la pregunta se concentra finalmente en una sola:
“¿Quién está a la puerta de tu vida?” No es una pregunta de moralismo; es una
pregunta para revisar la dirección de la salvación. En mi agenda, ¿en qué
casilla existe el “tiempo para otros”? En mi presupuesto, ¿qué partida
representa “la porción para el prójimo”? En mis hábitos de habla, ¿cuánto uso
palabras que dan vida? En mi conocimiento, ¿cómo ejecuto la “responsabilidad de
enseñar y levantar”? Por eso el pastor David Jang afirma: “La proclamación del
evangelio es un acto de amor.” Si creemos en la eternidad, el silencio no es
neutralidad: es abandono. Que la Palabra ya haya sido dada con suficiencia es
gracia y, al mismo tiempo, responsabilidad.
Esa responsabilidad no se
reduce solo a la ética individual. La comunidad puede encarnar, como
instituciones y cultura, un amor que el individuo por sí solo no alcanza. La
iglesia es una comunidad con esa posibilidad. La misión, la formación de
discípulos, el ministerio de la literatura, la integración de educación y ayuda
social: todo lo que el pastor David Jang menciona apunta a una misma dirección.
El Reino de Dios no debe quedar como eslogan abstracto; debe convertirse en un
principio que organiza la vida real. Cuando una iglesia conecta sus materiales,
su gente y sus recursos con la carencia de otra región, ese vínculo no es mera
caridad: es expansión del evangelio. Y “expansión” no significa solo aumento de
números, sino circulación del amor. Cuando el compartir deja de ser un evento
aislado y se vuelve hábito comunitario, la gente ve, a través de la iglesia, el
carácter de Dios. Al final, la parábola del rico y Lázaro pregunta por la
identidad de la iglesia: ¿es un lugar de banquete cerrado, o un canal que deja
que el banquete se derrame hacia afuera?
Quien lee este texto puede
sentirse rico, o puede sentirse como Lázaro. Lo provechoso del modo en que el
pastor David Jang trata este pasaje es que no deja a nadie en zona segura. Al
rico le habla de responsabilidad de compartir; al pobre, de esperanza eterna.
Al rico, del peligro de la insensibilidad; al pobre, de la promesa de que Dios
no olvida la injusticia. Y a ambos les habla de la importancia del “ahora”. La
fe no es un plan para algún día, sino obediencia hoy. La pequeña elección de
hoy forma el carácter de mañana, y ese carácter testifica finalmente hacia qué
mundo caminó uno. Lucas 16 despliega ante nosotros el mapa de la eternidad y
nos pide marcar sobre ese mapa las huellas de nuestros pasos de hoy.
En definitiva, se trata de
no dejar la palabra “vida eterna” como una frase meramente doctrinal. La vida
eterna no es un billete para el futuro; es un poder que transforma el presente.
Quien cree en la eternidad usa de otro modo el dinero de hoy, distribuye de
otro modo el tiempo de hoy, elige de otro modo las palabras de hoy. En el
momento en que descubres al Lázaro de tu puerta, la fe desciende de la idea a
la realidad. Y entonces entendemos: lo que Dios nos confía no es solo “lo que
tenemos”, sino “la posibilidad de dejarlo fluir”. Cuando cerramos esa
posibilidad, el ser humano puede pasar hambre de alma aun dentro del banquete.
Pero cuando la abrimos, aunque la vida no sea perfecta, el Reino de Dios
comienza ya. Por eso, lo que debemos hacer hoy no es exhibir una gran
resolución, sino abrir la puerta. Abrir la puerta para ver al Lázaro que está
delante, despertar al “rico” que hay dentro de mí, volver a desplegar la
Palabra y traducir un amor pequeño en acciones reales. Esa acumulación de
traducciones es, precisamente, la sabiduría mayordómica de la que habla el
pastor David Jang, y la razón por la que la parábola del rico y Lázaro sigue
viva en nuestra época.