Siguiendo el pasaje de Génesis 25 sobre Esaú y Jacob, meditamos en profundidad —a la luz de la predicación del pastor David Jang— en el ‘derecho de primogenitura’, la decisión de fe y la sucesión del pacto, conectándolos con las elecciones y la espiritualidad de nuestra vida actual."> <meta name="keywords" content="Pastor David Jang, David Jang, sermón del Pastor David Jang, Esaú y Jacob, Génesis 25, derecho de primogenitura, primogenitura, potaje rojo, Isaac Rebeca, sucesión del pacto, decisión de fe, fatalismo, Hebreos 12, bendición de Jacob, herencia espiritual, espiritualidad cristiana
Cuando
el pastor David Jang (Olivet University) predica sobre Génesis 25 —en especial
sobre el relato de Esaú y Jacob que va del versículo 27 al 34—, su mensaje no
se limita a recrear un drama humano de “conflicto entre hermanos”. Más bien,
ese texto se convierte en un espejo espiritual que revela sin maquillaje qué es
lo que el ser humano considera más valioso y cómo esa escala de valores
reconfigura la vida de una persona y el futuro de una comunidad. Al seguir el
hilo de la predicación del pastor David Jang, volvemos a aprender que la
primogenitura no era simplemente un derecho de herencia o una prioridad social,
sino una “herencia espiritual” que incluía la sucesión del pacto y el peso de
la responsabilidad. Por eso, la breve evaluación bíblica de que Esaú
“menospreció” el derecho de primogenitura no se lee solo como una censura
moral, sino como una advertencia sobre el adormecimiento de la sensibilidad
espiritual. Y la tenacidad de Jacob —a veces tan insistente que resulta
incómoda, mezclada con cálculos demasiado humanos— nos obliga a preguntarnos
qué era aquello que él, al final, se negaba a soltar. La pregunta se vuelve
nítida: ¿por qué vivimos hoy, y qué “valor invisible” poseemos que quisiéramos
proteger aunque hubiera que pagar un precio?
En
el marco narrativo de Génesis, la primogenitura no es un simple “privilegio del
que nació primero”. Es el peso de un nombre que representa a la familia, el
canal por el que deben fluir las promesas hacia la siguiente generación, y
sobre todo un recurso simbólico que muestra por qué “vasija” histórica se
conserva y se expande el pacto que Dios dio a Abraham. El pastor David Jang
subraya con frecuencia este punto en su predicación. La historia de Dios no se
mueve como un engranaje automático, fatalista, que gira por sí solo; toma carne
en la elección y la determinación de quienes valoran la promesa. Es decir, el
paso de “haber recibido” a “disfrutar” siempre implica una cuestión de actitud.
Por eso, la historia de Esaú y Jacob empuja simultáneamente dos preguntas: la
teológica —“¿a quién escogió Dios?”— y la existencial —“¿cómo cargo yo con el
peso de esa elección?”—.
El
pasaje comienza contrastando a Esaú y Jacob desde su manera de ser. Esaú es un
hombre del campo, un cazador; Jacob es descrito como un hombre tranquilo que
habita en tiendas (Gn 25:27). Si pensamos en la realidad de aquella época, la
vitalidad de Esaú parece encajar bien con el papel del primogénito: salir,
conseguir alimento, enfrentarse a lo áspero del entorno para asegurar la
supervivencia del hogar. Además, él nació primero, y su padre Isaac lo prefería
porque disfrutaba de la caza que traía (Gn 25:28). Apariencia, funcionalidad,
orden, incluso el flujo afectivo: todo parece inclinarse hacia Esaú. Pero
Génesis introduce una fisura decisiva: a Rebeca ya se le había dicho “el mayor
servirá al menor” (Gn 25:23). Esto no es una licencia que legitime la ambición
de Jacob, sino una señal misteriosa de que Dios entreteje la historia más allá
del orden de las apariencias. Lo importante es observar cómo, para que esa
señal se solidifique en acontecimientos concretos, se entrelazan y se revelan
las elecciones humanas y las actitudes del corazón.
Y
el punto donde esa trama se condensa con mayor intensidad es la escena del
“rojo”, el trueque por un plato de comida. Esaú vuelve de cazar: cansado,
hambriento, y con la sensación de que la satisfacción inmediata del cuerpo es
el bien más urgente. Le pide a Jacob: “Dame de comer de eso rojo” (Gn 25:30).
Jacob responde como si hubiera estado esperando ese momento: “Véndeme hoy tu
derecho de primogenitura” (Gn 25:31). Lo que el pastor David Jang suele aferrar
con insistencia aquí no es lo “instantáneo”, sino lo “acumulado”. Si lo leemos
solo como “Esaú vendió su primogenitura por un momento de hambre”, la historia
puede deslizarse con facilidad hacia la compasión emocional. Pero la Escritura
concluye: “Así menospreció Esaú la primogenitura” (Gn 25:34). Esto suena menos
a un registro de un error aislado y más a la exposición repentina de una
dirección interior cultivada durante mucho tiempo. Lo que alguien considera
realmente precioso aparece cuando llega la crisis, cuando se está agotado,
cuando la sed y el impulso alcanzan su máximo. Esaú dice: “He aquí yo me voy a
morir; ¿de qué me servirá la primogenitura?” (Gn 25:32). Más importante que
determinar si estaba literalmente a punto de morir es notar cómo redujo una
herencia espiritual a una lógica de supervivencia inmediata, evaluando el pacto
con la pregunta: “¿Me sirve ahora?”. Pero la eternidad y el pacto no se manejan
con la unidad de medida de una calculadora; deben tratarse con el lenguaje de
la reverencia y de la responsabilidad.
En
contraste, Jacob tampoco es un personaje cómodo. Se aprovecha de la debilidad
de su hermano y, más adelante, en Génesis 27, llega a arrebatar la declaración
final de bendición engañando a su padre Isaac. Lo interesante de la predicación
del pastor David Jang es que, en lugar de “maquillar” éticamente a Jacob, nos
ayuda a contemplar cómo las grietas humanas pueden convertirse en un “campo de
entrenamiento de responsabilidad” dentro de la historia de Dios. Jacob no es un
creyente perfecto. Sintió miedo, tembló ante la posibilidad de ser descubierto
(Gn 27:12), y sin el consejo y la intervención de su madre Rebeca quizá no se
habría movido con facilidad. Y aun así, hay algo en lo que se mantuvo
obstinadamente coherente: su decisión de no tratar la bendición del pacto como
algo trivial. Esa actitud —más que una comparación de “puntuaciones morales”—
es el parteaguas espiritual que separa a Esaú y Jacob: qué valor último
gobierna la vida de cada uno.
Hay
un recurso visual que nos ayuda a ver esta escena con mayor relieve. El pintor
neerlandés Jan Victors, en 1653, realizó un óleo titulado “Esau Selling
His Birthright to Jacob for a Pottage of Lentils” (“Esaú vendiendo su
primogenitura a Jacob por un potaje de lentejas”), que captura precisamente el
instante del intercambio. Se presenta como una obra de 1653, óleo sobre lienzo,
de 109 × 137 cm. Lo que esta pintura provoca no es solo la impresión de una
ilustración bíblica. La luz y la textura conducen la mirada hacia las manos, el
cuenco y los rostros; hace sentir como si el hambre del “aquí y ahora” y la
herencia del “más allá” estuvieran colocadas al mismo tiempo sobre la misma
mesa. Frente a la imagen, surge una pregunta inevitable: ¿qué tipo de momento
fue aquel en el que uno cambió la responsabilidad espiritual por un cuenco, y
el otro convirtió ese cuenco en una “puerta” para cruzar el umbral del pacto?
El núcleo de la predicación del pastor David Jang también toca ese lugar: la fe
no es una idea abstracta; toma forma en escenas concretas de decisión. Cada día
nos encontramos ante pequeños “trueques”, y la repetición de esos trueques
termina determinando el futuro.
Pero
aquí no debemos equivocarnos. Si convertimos enseguida la obsesión de Jacob en
“celo santo” y la celebramos sin tensión, desaparece el filo que Génesis quiere
mantener. La Biblia no envuelve a Jacob en un papel de santo. Su larga y áspera
segunda mitad lo demuestra. Tras recibir la bendición, no entra directamente en
un éxito cómodo. Se vuelve fugitivo, huye de la ira de Esaú, y en tierra
extraña vive muchos años en la casa de su tío Labán, dentro de un laberinto de
relaciones donde se engaña y es engañado (Gn 29–31). A través de experiencias
como Betel (Gn 28) y la lucha junto al Jaboc (Gn 32), Jacob pasa de ser “el que
obtiene bendición” a ser “el que aprende a cargar con la bendición”. Aquí la
palabra “decisión” adquiere profundidad. La decisión no se necesita solo en el
instante de agarrar una meta; también se requiere cuando esa meta sacude, rompe
y reordena la vida. Es el valor de perseverar sin abandonar, permitiendo que el
carácter se ajuste a la naturaleza de aquello que se recibió. Jacob tenía que
aprender ese valor, y Dios lo fue formando así.
Entonces,
¿Esaú queda simplemente como “el hombre insensible”? La Escritura registra que,
cuando perdió la bendición, clamó con gran llanto (Gn 27:34). El dolor de la
pérdida fue real, y las lágrimas del arrepentimiento pudieron ser sinceras. Y
aun así, Hebreos advierte sobre Esaú como un “profano” (Heb 12:16),
recordándonos el peso de una elección irreversible. Cuando el pastor David Jang
aplica esta parte, a menudo subraya que en la vida de fe existen puntos que no
se pueden desandar. Esto no significa que Dios carezca de misericordia;
significa más bien que lo que nosotros mismos hemos tratado como trivial
termina volviéndose trivial dentro de nosotros. La sensibilidad espiritual no
aparece por una única gran decisión. Se forma con hábitos diarios, prioridades
diarias, lenguajes diarios: todo ello nos desplaza lentamente hacia el lado de
Esaú o hacia el lado de Jacob. Y cuando llega el momento decisivo, es muy
probable que elijamos de acuerdo con la forma en que ya hemos sido entrenados.
Por
eso el relato de Génesis 25 está pegado a nuestra vida de hoy. El ser humano
contemporáneo vive en la era de “lo rojo”: contenidos que ofrecen gratificación
inmediata, consumo de entrega instantánea, deseos que se pagan con un solo
toque, algoritmos que agitan sin descanso nuestras emociones y juicios al
alimentar comparación y exhibicionismo. En este contexto, la pregunta que lanza
la predicación del pastor David Jang es sencilla, pero brutalmente realista:
“¿Qué buscas primero?”. El hambre en sí no es pecado. El problema aparece
cuando el hambre se convierte en la brújula del alma. El cansancio no es
maldad. El problema surge cuando el cansancio nos lleva a reevaluar el valor
del pacto. El ser humano puede vender la esencia bajo el pretexto de “para sobrevivir”:
por la familia, por el éxito, por la seguridad, por ser reconocido. Pero
Génesis pregunta: ¿de verdad ese es el camino para vivir, o es una forma más
profunda de morir?
Si
leemos la primogenitura como “la responsabilidad de heredar el pacto de Dios”,
la aplicación se amplía. La sucesión de la fe no se realiza únicamente por
genealogía de sangre. En la iglesia, cuando la transmisión de la Palabra, la
cultura de la oración, la paciencia que protege a la comunidad, y el amor que
no abandona a los débiles pasan “de manera sana” a la siguiente generación, esa
comunidad sobrevive atravesando una época y más allá. El pastor David Jang,
desde esta perspectiva, suele volver sobre la figura de Rebeca. Rebeca es una
mujer marcada también por el problema del favoritismo; pero a la vez fue
alguien que actuó aferrándose a la dirección de la promesa. Ella no le
transfirió a Jacob solo una “técnica”; le transmitió, sin necesidad de discursos,
la convicción de “no tomes esta bendición a la ligera”. La fe hoy también
funciona así. Alguien debe enseñarnos el lenguaje de la fe; alguien debe
ayudarnos a regresar al centro cuando nos tambaleamos. Sin embargo, la elección
final siempre la hace cada persona. Rebeca podía ayudar a Jacob, pero no podía
plantar en su interior, en lugar suyo, el deseo por la bendición.
En
este punto, la predicación del pastor David Jang trasciende la lección moral y
ofrece una intuición que podría llamarse una “economía espiritual”. Nuestra
energía es limitada; nuestro tiempo es finito; nuestra capacidad de
concentración también tiene un techo. Por eso, siempre estamos eligiendo algo,
y esa elección equivale a una inversión. Más exactamente: elegir es una
confesión de qué consideramos más valioso. Esaú, delante del hambre, evaluó la
primogenitura cerca de “cero”. Jacob, al contrario, la evaluó con una magnitud
casi excesiva. Entonces, ¿qué estamos convirtiendo nosotros en “cero”? ¿Estamos
reduciendo la adoración a una opción “si queda tiempo”? ¿Estamos convirtiendo
la meditación en la Palabra en un pasatiempo “si tengo ganas”? ¿Estamos tratando
la comunidad como una red de contactos “si me resulta útil”? Aquello que se
vuelve trivial termina sin poder sostenernos en el momento crucial, porque
nosotros mismos hemos repetido, una y otra vez, la declaración de que era poca
cosa.
Y,
aun así, el evangelio no presenta el “modo Jacob” como el modelo final. Más
bien, el evangelio muestra un camino de gracia que supera la ansiedad y el
cálculo de Jacob. Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, “la bendición del
primogénito” ya no es una competencia de herencias dentro de una familia: en
Cristo, se abre como heredad para todos los que creen, y al mismo tiempo como
una responsabilidad costosa. Es decir, ya no vivimos en una época en la que
haya que arrebatar lo ajeno para recibir bendición, sino en una época en la que
luchamos para no “menospreciar” la gracia ya dada. Por lo tanto, la aplicación
de hoy no es el mandato de volverse astutos como Jacob, sino el llamado a
anhelar como Jacob, pero entrenando ese anhelo para que se parezca al carácter
de Cristo. Cuando el mensaje del pastor David Jang se resume en la frase “no
hay fatalismo”, esa afirmación desciende finalmente a una pregunta concreta:
“¿Qué estoy eligiendo hoy, y en qué tipo de persona me estoy convirtiendo a
través de esas elecciones?”.
Esta
pregunta se vuelve aún más punzante para quienes tienen muchos “problemas
urgentes” encima. Cuando se superponen la presión económica, la ruptura de
relaciones, la competencia en el trabajo y la ansiedad por la salud, es fácil
tomar prestado el lenguaje de Esaú: “Me estoy muriendo; ¿qué utilidad tiene
esto?”. Pero la fe no es escapismo; es la capacidad de reinterpretar el peso de
la realidad. Lo que la predicación del pastor David Jang muestra a través de
Esaú y Jacob es que, por áspera que sea la realidad, la realidad no puede
convertirse en el criterio final. El pacto no ignora la realidad, pero tampoco
se rinde ante ella. Al contrario, el pacto reordena las prioridades: qué se
debe guardar y qué se debe soltar. El momento verdaderamente peligroso no es
cuando no hay pan, sino cuando por el pan vendemos la promesa. El vacío más
profundo no es cuando no hay logros, sino cuando por los logros el alma se va
secando.
Por
eso, “lo rojo” sigue apareciendo hoy delante de nosotros. Puede ser dinero,
puede ser prestigio, puede ser un ascenso, puede ser un compromiso que parece
asegurar la estabilidad de una relación a costa de ceder en principios.
Elecciones innumerables que, si las aceptamos en silencio, parecen facilitarnos
la vida a corto plazo. Pero, leídas con la gramática del mensaje del pastor
David Jang, esas elecciones siempre vienen acompañadas de una pregunta: “¿Cómo
está afectando esta decisión mi primogenitura interior, es decir, mi herencia
espiritual?”. Aquí, “herencia espiritual” no es una emoción abstracta. Son
hábitos concretos: guardar la adoración, no abandonar la honestidad, no dar la
espalda a los débiles, sostener la oración como respiración y no como simple
ritual, traducir la Palabra al lenguaje de la vida, servir a la comunidad en
lugar de usarla, y cuando fallamos, no escondernos sino arrepentirnos. Cuando
estas cosas se acumulan, se forma una musculatura interior capaz de rechazar
los trueques baratos en el día decisivo.
Finalmente,
la historia de Esaú y Jacob no nos conduce al desánimo, sino a la vigilancia y
a la esperanza. La vigilancia es clara: si tratamos lo precioso como algo
liviano, puede llegar el día en que realmente vuelva a nosotros como algo
liviano. El hecho de que existan decisiones que ni las lágrimas pueden revertir
advierte que no debemos tomar a la ligera nuestras pequeñas elecciones de hoy.
Pero la esperanza también es clara: aunque alguien parezca insuficiente y
frágil, Dios no abandona a quien no deja apagarse el deseo por el valor
verdadero. Jacob no era un santo ya terminado, pero no soltó su anhelo por el
pacto; y Dios condujo ese anhelo por un camino de formación hasta darle el
nombre de “Israel”. La conclusión que el pastor David Jang suele extraer de
Génesis 25 llega justamente ahí: sin importar desde dónde partamos hoy, podemos
elegir qué consideraremos más precioso, y mediante esa elección podemos
colocarnos en el lugar donde Dios nos rehace y nos forma de nuevo. Así que,
ante la pregunta que se nos presenta hoy, procuremos estar no como quien solo
calma su hambre, sino como quien guarda el pacto. Sea cual sea el cuenco que
tengamos entre las manos, que no se convierta en la prueba de un trueque capaz
de cambiar la herencia del alma. Alineemos otra vez el centro del corazón hacia
un valor más grande y más profundo. Y lo que la predicación del pastor David
Jang nos pide a través de Génesis 25 termina concentrándose en una frase: “No
elijas la conveniencia inmediata, sino la promesa eterna”.
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