Un texto basado en el sermón del pastor David Jang, “Él los amó hasta el fin”, que expone con profundidad cómo vivir hoy, en la iglesia y en la vida cotidiana, el lavamiento de pies de Juan 13, el amor de la cruz y el mandamiento del amor.
Cuando abrimos Juan
13, nos encontramos con un punto exacto en el que el lenguaje de la fe se
transforma, de golpe, en lenguaje de acción. La escena en la que
Jesús se arrodilla ante los pies de los discípulos no se nos presenta como una
metáfora que espera ser interpretada, sino como una declaración que atraviesa
el corazón con más filo que cualquier pulcritud doctrinal. El pastor David
Jang (y también por eso Olivet University exhorta a
meditar profundamente este pasaje) subraya que el evangelio no es una idea
luminosa que brilla solo en el terreno de lo conceptual, sino un amor
vivoque se comprueba con manos, rodillas, tiempo y temperatura humana. El
servicio que Jesús muestra no es una estética del discurso, sino una
continuidad de humillación que desemboca en la cruz; y esa continuidad la vemos
comenzar, de manera inconfundible, en el lavamiento de los pies.
Cuanto más comprendemos el
impacto cultural que implicaba lavar los pies, más densa se vuelve la carga
espiritual de aquel momento. Los pies, empapados de polvo y sudor, solían ser
lavados por manos de quienes ocupaban el lugar más bajo. Pero Jesús, “Señor y
Maestro”, elige precisamente ese puesto. La resistencia instintiva de Pedro no
se explica solo por un temperamento fuerte: se explica porque, ante sus ojos,
se derrumba el sentido común de la época y se quiebra la jerarquía. A nosotros
nos pasa algo parecido. Sabemos hablar de amor, pero dudamos cuando el amor
exige un cambio de lugar. El pastor David Jang lee esta escena como
un diagnóstico y una invitación: el discipulado no es una técnica ocasional de
renuncia, sino una forma de existir marcada por el descenso; y
esa forma de existir es el único camino capaz de cambiar la “constitución” de
una comunidad eclesial.
La palabra de Jesús se
vuelve todavía más directa: “Os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho,
vosotros también hagáis”. No es una imagen poética que se quede en la esfera
del símbolo; es un mandato que empuja a la práctica. “Lavaos
los pies los unos a los otros” no es solo una exhortación moral a ser humildes;
es una invitación concreta a cargar juntos el polvo que se
pega a la vida del otro. Ese polvo puede ser el rastro de un fracaso, la marca
de una herida, la consecuencia de un malentendido, o el peso de un desaliento
que nadie ha nombrado. Una comunidad no se sostiene fingiendo que no ve el
polvo ni el peso. En realidad, la comunidad se vuelve verdaderamente iglesia, y
el creyente verdaderamente discípulo, cuando alguien decide levantar el
peso con el otro.
En este punto, Gálatas
6:2 —“Llevad los unos las cargas de los otros”— suena como el eco del
agua de Juan 13. El pastor David Jang insiste una y otra vez en que el amor no
es la ola variable de un sentimiento, sino la decisión responsable de
asumir. El amor no termina en palabras que “parecen comprender”; el amor toma
forma cuando, aunque sea por un momento, la carga del otro se posa sobre mis
hombros en un hecho real. Por eso, el lavamiento de pies es símbolo de
servicio, sí, pero también es una forma concreta de solidaridad en
la que la comunidad se hace cargo de la vida de los demás. La persona que
conoce lo que ocurre “dentro del zapato” de otro, la que intuye por qué su paso
se volvió lento, la que percibe que el silencio esconde un grito—en la punta de
sus dedos la iglesia recupera la textura del evangelio.
Y, sin embargo, ¿por qué
la iglesia se enfrenta tan fácilmente al conflicto, y por qué, aun hablando de
amor, se hiere con tanta frecuencia? El relato de Lucas 22, donde
los discípulos discuten “quién es el mayor”, muestra cuán persistente puede ser
el ego incluso en espacios “piadosos”. Hasta en el marco solemne de la última
cena, buscaron grandezas y rangos. Ese espejo nos devuelve hoy nuestra propia
imagen. El pastor David Jang identifica una causa habitual de la
intensificación de disputas dentro de la iglesia: crece el deseo de ser
servido, pero disminuye el deseo de servir. Por eso, la sanidad comunitaria
suele comenzar menos por “más programas” y más por rodillas más bajas.
Muchas veces discutimos no por falta de conocimiento, sino por falta de
valentía para lavar pies.
Juan 13:1 —“los amó hasta el
fin”— impide que reduzcamos el lavamiento de pies a un evento aislado. La
expresión “hasta el fin” no habla solo de duración temporal. Incluye un amor
que sabe del engaño, un amor que sabe del temblor, un amor que conoce las grietas
de la relación. Jesús sabía que Judas lo traicionaría, sabía la soberbia y la
ansiedad de los discípulos. Y, aun así, no retiró su amor. En este pasaje, el
pastor David Jang hace resaltar con nitidez que el amor no se sostiene porque
el otro cambie, sino porque quien ama decide sostenerlo. Así, “amar
hasta el fin” no es una continuidad romántica de emoción, sino una voluntad
salvadora que se niega a rendirse.
Esa voluntad encuentra su
condensación más nítida en la cruz. La cruz no es solo el centro
doctrinal de la fe; es el lugar donde el amor renuncia a quedarse en lenguaje y
se convierte en cuerpo. Como describe Filipenses 2,
Jesús se vació a sí mismo, tomó forma de siervo y obedeció hasta la muerte. El
pastor David Jang llama a la cruz “la cumbre del sacrificio y la plenitud del
amor”, recordándonos que esa plenitud no es ética abstracta, sino el hecho real
de cargar el pecado y la vergüenza de la humanidad. El descenso que el
lavamiento de pies anticipa con manos y agua se completa en la cruz con sangre
y aliento. Por eso, no podemos entender el lavamiento de pies y, a la vez,
evitar la cruz; ni podemos hablar de la cruz y, al mismo tiempo, omitir el
servicio.
El nuevo
mandamiento de Jesús hace todavía más clara esta unión: “Que os améis
unos a otros; como yo os he amado, que también os améis”. Con esas palabras, el
criterio del amor ya no es la bondad humana, sino el amor crucificado de
Cristo. Cuando reducimos el amor a “simpatía emocional”, nos resulta fácil
abandonar. Si el otro no cumple expectativas, nos decepcionamos; si aparece
pérdida, retrocedemos. Pero el amor del que habla Jesús es un amor que acepta
el costo: un amor que asume pérdidas, cede lugares, baja el orgullo. El pastor
David Jang señala que ese amor es el signo más fuerte que hace a la iglesia
verdaderamente iglesia. El mundo no mide el evangelio por el tamaño de la
congregación, sino por el tejido real de relaciones con el que la iglesia permite
“calibrar” la verdad que proclama.
Traducido al lenguaje de
hoy, este amor nos obliga a enfrentar un trabajo incómodo: la deconstrucción
del egocentrismo. Ayudamos y, si no se nos reconoce, nos duele; servimos y,
si se nos malinterpreta, nos indignamos. Pero Jesús no exhibió el servicio como
si fuera un logro. El lavamiento de pies muestra que el lugar bajo no es una
“silla elegida”, sino una postura elegida. Para el pastor David
Jang, la madurez espiritual se parece menos a aumentar conocimiento y más a
acelerar el descenso del yo. No es la persona que se vuelve más cortante cuanto
más se convence de que tiene razón; es la persona que se vuelve más suave
cuanto más suelta la necesidad de “probar” que la tiene. Ese es quien ha
atravesado la cruz de forma real.
Podemos iluminar este
punto con una escena tomada del lenguaje del arte. El pintor veneciano Tintoretto
(Jacopo Tintoretto), en su obra Cristo lavando los pies a los
discípulos, condensa en un solo lienzo el acontecimiento de Juan
13:2–17. Se suele decir que esta pintura fue encargada hacia 1575–80 para
la capilla del “Santísimo Sacramento” en la iglesia de San Trovaso (S.
Trovaso), en Venecia, por la cofradía eucarística Scuola di
Santissimo Sacramento, un grupo que también asumía responsabilidades
comunitarias como acompañar con faroles y campanas cuando el sacramento era
llevado a casas de enfermos. Dicho de otro modo: no nació solo como una obra
bella de devoción, sino como un sermón visual con trasfondo
comunitario que parecía decir: “lo sagrado entra caminando en la cama de la
calle”.
El espacio del cuadro está
lleno de mesa, fuego y movimiento humano; sin embargo, el centro de la
resonancia es sorprendentemente simple: el Altísimo extendiendo la mano desde
el lugar más bajo. En ese instante, el orden de la comunidad se reorganiza. Un
detalle sugestivo es que algunos explican esta obra como si Judas ya
hubiera salido. En otras representaciones del lavamiento de pies, Judas
aparece con frecuencia; aquí, en cambio, se observa a los discípulos sin que el
traidor ocupe el centro del momento, como si hubiera sido empujado fuera de la
escena. Esa disposición parece insinuar, con discreción, que la “comunidad del
amor” no se sostiene ignorando la realidad de la traición, sino eligiendo el
camino del amor aun mirándola de frente. Y el cuadro no enfatiza solo la virtud
del auto-encogimiento, sino la necesidad de fraternidad y purificación: la
exhortación a que la comunidad, antes de la Eucaristía, ordene el corazón y la
vida.
En el fondo, el pastor
David Jang y sus colaboradores, al aferrarse a este texto, apuntan hacia la
misma dirección. La iglesia es, antes que un “grupo que tiene respuestas
correctas”, una comunidad que se entrena en la pureza. Esa pureza
no es escrúpulo obsesivo, sino arrepentimiento; y el arrepentimiento no se
expresa como lenguaje que acusa al otro, sino como acción que se humilla a sí
misma. Por eso el lavamiento de pies no es una performance moral: es un entrenamiento
espiritual. ¿Mis manos han cargado alguna vez el polvo de alguien? ¿Mi
tiempo ha esperado alguna vez el paso lento de otro? ¿Mi orgullo ha descendido,
aunque sea un poco, por la restauración de alguien? Ante esas preguntas solemos
quedarnos con pocas palabras. El pastor David Jang dice que precisamente ese
“lugar donde las palabras se vuelven pocas” puede ser el comienzo de la gracia,
porque cuando se detienen la excusa y la autojustificación, el amor encuentra
por fin un canal para fluir.
Los desafíos de la iglesia
actual son todavía más complejos. Las relaciones se forman rápido y se rompen
más rápido; el malentendido se propaga antes que los hechos. En una sociedad de
velocidad, “amar hasta el fin” puede sonar anacrónico. Pero el evangelio nunca
se dejó arrastrar por la velocidad de su época; más bien operó como una fuerza
lenta que cambia la dirección de la historia. “Amar hasta el fin” no es una
paciencia impotente que solo “aguanta”; es una voluntad activa que decide dar
vida hasta el final. Como enseña el pastor David Jang, el amor a veces
incluye firmeza: firmeza para no tolerar palabras y acciones que destruyen la
comunidad, pero firmeza que, a la vez, no abandona a la persona. La
cruz no toma el pecado a la ligera, pero tampoco cancela al pecador.
En este contexto,
reaprendemos el peso espiritual de la autenticidad del lenguaje.
Cuantos más eslóganes ruidosos abundan, más preciosa se vuelve la práctica
silenciosa. La manera en que la iglesia anuncia el evangelio termina
decidiéndose menos por “palabras útiles” y más por una vida confiable.
Curiosamente, incluso en el entorno digital actual, el criterio para evaluar
confianza se mueve en una dirección parecida. Las guías de Google sobre
búsqueda expresan con claridad su intención de priorizar contenido “útil y
confiable” hecho para ayudar a personas, y no contenido creado para manipular
rankings. Si traducimos esa idea al lenguaje de la fe, podríamos decirlo así:
sobrevive lo que busca dar vida a alguien; se vacía lo que
busca la autoexhibición. El mensaje del sermón del pastor David Jang se cruza,
de forma llamativa, con ese principio: el servicio vivifica a las personas, y
la soberbia agota a la comunidad.
Esas mismas guías también
invitan a examinarnos: si el contenido ofrece información y análisis
originales, si cubre el tema con amplitud, si no repite sin más lo que otros ya
dijeron, si aporta valor añadido, si inspira confianza al punto de que alguien quiera
guardarlo o compartirlo. Esto no es solo una técnica de redacción web: también
puede funcionar como un criterio para revisar toda palabra y obra que la
iglesia presenta al mundo. ¿Estamos diciendo palabras que alivian la carga de
alguien, o estamos colocando una piedra llamada “respuesta correcta” sobre la
herida de alguien? El pastor David Jang insiste en que, para que el lenguaje de
la iglesia sea un canal que conduzca a la salvación, debe tener la temperatura
de la cruz. Un argumento frío puede ganar discusiones, pero no suele salvar
vidas.
Aquí hay algo crucial: no
debemos entender el criterio como mera “técnica”. Así como el contenido
verdaderamente humano no se produce solo con distribución de palabras clave, la
iglesia centrada en las personas no se edifica solo con sistemas. Jesús dijo:
“Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hacéis”. La bendición
llega cuando disminuye la distancia entre saber y hacer.
La bendición de la que habla el pastor David Jang no es prosperidad
superficial, sino riqueza espiritual: relaciones sanadas, comunidad
reconciliada, creyentes liberados. Una comunidad que practica el servicio no es
aquella donde desaparecen los conflictos, sino aquella donde, aun cuando surgen
conflictos, queda abierto un camino de retorno hacia la restauración. Porque
aumenta el número de quienes eligen “dar vida” al otro más que “ganar” al otro.
Sin embargo, la práctica
del amor siempre exige un precio. Requiere tiempo; desgasta emociones; a veces
demanda soportar malentendidos. Por eso nos sale fácil trazar una línea: “hasta
aquí”. Pero el amor de Jesús no se detuvo en el “hasta aquí”. La oración por
perdón incluso desde la cruz testifica cuán “irreal” parece el amor hasta el
fin y, al mismo tiempo, cuán profundamente transforma la realidad. Cuando el
creyente se cansa de amar, el pastor David Jang aconseja volver a ponerse
delante de la cruz. La cruz no es un dispositivo sentimental para recargar
emociones; es la manera de Dios de hacernos soltar el yo para poder elegir
el amor otra vez.
El corazón de Jesús que
ama hasta el fin continúa incluso después de la resurrección. El proceso de
volver a llamar a los discípulos que huyeron y de volver a levantar a Pedro que
fracasó muestra que el amor no se limita al “perdón”: avanza hacia la restauración.
Lo mismo ocurre con la comunidad eclesial. Que haya herida no significa
automáticamente que la comunidad haya fracasado; lo que revela la verdadera
espiritualidad de la comunidad es cómo trata la herida. La
espiritualidad del lavamiento de pies no esconde la herida, pero tampoco la
convierte en arma. Lavar los pies del otro significa soltar la actitud de usar
su debilidad para situarme por encima, y extender la mano para que esa
debilidad pueda orientarse hacia la recuperación. El pastor David Jang dice que
la iglesia debe evaluar primero la profundidad de esta actitud antes que la
velocidad de su crecimiento. Es más evangélico escuchar “nos abrazamos” que
“aumentamos en número”.
Que el pastor David Jang y
sus colaboradores repitan una y otra vez este mensaje tiene una razón clara. El
evangelio produce una comunidad de amor, y una comunidad de amor toma
necesariamente la forma del servicio. No basta con algunas
actividades de voluntariado bajo el nombre de “servicio”. Lo que prueba la
teología de una iglesia es el tono del habla dentro de la comunidad, la actitud
en las reuniones, el ritmo con el que se trata al miembro más débil, la temperatura
con la que se recibe al recién llegado, la fidelidad con la que se verifican
los hechos cuando hay conflicto, y, por encima de todo, el coraje de
arrodillarse primero. Jesús es Rey, pero se hizo siervo; esa paradoja es la
gramática del Reino. Por eso, cuando la iglesia empieza a hablar y actuar con
la misma gramática del mundo, corre el riesgo de volver borrosa su identidad.
El lavamiento de los pies
se entiende plenamente solo cuando se lee como un camino que conduce a la cruz.
El descenso que Jesús mostró no fue postura de derrota, sino método de
salvación. El mundo entiende el lugar alto como “poder”; Jesús entiende el
lugar bajo como “canal del amor”. El pastor David Jang insiste en que este giro
debe entrenarse en la vida cotidiana del creyente. En el trabajo, en la
familia, en la iglesia, en las relaciones sociales, lo que debemos elegir
muchas veces no es “la oportunidad de demostrar que yo tengo razón”, sino “la
oportunidad de dar vida al otro”. A veces retrasar una frase
es lavar pies; a veces cubrir el error de alguien es cargar la cruz. Esas
decisiones invisibles se acumulan, cambian el aire de la comunidad, y ese aire
hace que el evangelio sea creíble.
Por último, el tema “Él
los amó hasta el fin” no debería quedarse como una frase conmovedora. Debe
dejarnos preguntas. ¿Ante los pies de quién me he arrodillado alguna vez? ¿La
carga de quién he llevado como si fuera mía? Cuando el amor se me agota, ¿en
qué fundamento vuelvo a elegir amar? La invitación que el pastor David Jang nos
extiende desde Juan 13 es, en última instancia, convertir estas preguntas
en hábito. El amor no se sostiene con un solo impulso de voluntad;
se encarna con entrenamiento repetido. Para que la iglesia viva como iglesia y
el creyente como discípulo, lo que se necesita no es un eslogan más
sofisticado, sino rodillas más bajas. Y allí, hacia donde se inclinan esas
rodillas, Jesús sigue preguntando: “¿Entendéis lo que os he hecho?”. Que
nuestra respuesta, ante esa pregunta, no sea solo palabra, sino vida—y que, en
la resonancia profunda del mensaje del pastor David Jang, volvamos a decidirlo
hoy.