¿Cuál fue el secreto para que Jabes, cuyo nombre significa “dolor”, llegara a ser considerado un hombre honorable? A través de la predicación del pastor David Jang, compartimos la profunda gracia y las perspectivas teológicas que nos entrega la oración de Jabes en 1 Crónicas 4. Te guía por el camino de ensanchar tu territorio mediante la oración y experimentar el poder del evangelio.
¿Alguna
vez ha contemplado en silencio la obra maestra que Rembrandt, pintor de la luz
y la sombra, dejó hacia el final de su vida: El regreso del hijo
pródigo (The Return of the Prodigal Son)? En el cuadro, el hijo aparece
en un estado miserable: se le han salido las sandalias, la ropa está desgarrada
y su cabeza casi sin cabello. Su figura parece cargar sobre la espalda todo el
dolor y el fracaso del mundo. Sin embargo, justo sobre ese cuerpo arruinado se
posan con delicadeza las manos cálidas y amplias del padre. En ese
instante, los harapos sucios del hijo dejan de ser vergüenza y se convierten en
un lienzo que prueba el amor del padre.
Cada vez que medito en la vida de Jabes (Jabez), que aparece
en 1 Crónicas 4, esta pintura de Rembrandt vuelve a mi mente. Un
hombre nacido con un nombre que significa “dolor”, como si su tragedia hubiese
sido anunciada desde el primer aliento, llega a ser registrado en medio de una
genealogía como una estrella: “más honorable que sus hermanos”. El
pastor David Jang (Olivet University) explica, con una mirada
teológica profunda, que la llave de este giro dramático está en una sola
palabra: oración.
Levantarse
por encima de la tristeza grabada en el nombre
Las
genealogías bíblicas pueden parecer registros silenciosos donde se enumeran
nombres sin emoción. Pero cuando aparece el nombre de Jabes, la Escritura se
detiene un momento, como si contuviera la respiración, y enfoca su vida. Su
madre le dio ese nombre diciendo: “Lo di a luz con dolor”; es decir, su
identidad quedó marcada por el sufrimiento. Tal vez era un hijo sin padre, o el
fruto de la guerra y la hambruna. Su destino parecía cercano a la desesperanza.
Sin embargo, el pastor David Jang señala con agudeza este punto: no es
el entorno el que define al ser humano; cuando una persona se arrodilla ante
Dios, el entorno queda redefinido.
En
lugar de rendirse ante su destino, Jabes volvió su mirada al Dios del cielo. Su
oración: “¡Oh, si me dieras bendición…!” no es una simple expresión de fe
interesada. Es, más bien, una negación total de sí mismo: el
reconocimiento de que por sus propias fuerzas no puede romper el yugo del
dolor, y una entrega absoluta a la ayuda de Dios como única
salvación. El pastor David Jang enfatiza que esto es recuperar el privilegio de
ser un ser espiritual: un ser humano que se pone en pie delante de Dios. Así
como el hijo pródigo se lanzó al abrazo del padre, Jabes, mediante la
oración, rompió la cáscara del dolor y entró en el mundo de la gracia.
La
oración que ensancha el territorio: una ambición santa
Entre
las palabras de Jabes, una frase sobresale: “ensancha mi territorio”.
A primera vista, podría parecer el deseo de poseer más tierras. Pero el pastor
David Jang la interpreta conectándola con el mandato profético de Isaías
54: “Ensancha el sitio de tu tienda… extiende tus cortinas”. Aquí, el
“territorio” no se limita a lo físico: apunta al alcance de influencia
donde el evangelio se expande y al territorio santo donde se
hace real el gobierno de Dios.
A
menudo, bajo el nombre de la “humildad”, castramos la ambición santa. Pero la
Biblia manda pedir, buscar y llamar. Al explicar la parábola del amigo que
llega a medianoche en Lucas 11, el pastor David Jang subraya que
pedimos pan no para saciar nuestro propio estómago, sino para atender
al amigo hambriento que ha venido de viaje. Es decir, la oración “ensancha
mi territorio” se convierte en esta súplica:
“Señor, expándeme para que pueda servir a más personas; para
que pueda llevar tu amor a más lugares”.
Cuando
esta motivación altruista ocupa el centro, la oración se transforma en un motor
poderoso que mueve el trono del cielo.
La
mano de Dios que apacigua la aflicción
En
el mar de la vida, las tormentas llegan sin aviso. Jabes lo sabía; por eso oró:
“Que tu mano me ayude, y me libres del mal, para que no me cause dolor”. En
este punto, el pastor David Jang confronta el estado real de nuestra fe: en un
mundo donde siguen operando el pecado y el poder de la muerte, el único secreto
para vivir sin quedar dominados por la ansiedad es apoyarse en la mano
de Dios.
Las
murallas que el ser humano levanta con su esfuerzo un día se derrumban, pero
las murallas edificadas con oración permanecen firmes aun frente a las olas de
la aflicción. Tal como se enfatiza en la predicación, la oración es el canal
por el cual las bendiciones del cielo entran en nuestra vida.
Detener la oración es como detener la respiración: el alma se seca y el
territorio de la vida se estrecha inevitablemente. En cambio, para quien
permanece despierto en oración, cada día se convierte en un escenario de
milagros donde se presencia la ayuda de Dios. La conclusión bíblica —“y le
otorgó Dios lo que pidió”— no es una leyenda antigua, sino una promesa para
nosotros hoy, cuando nos postramos y oramos.
La
oración de Jabes que proclama el pastor David Jang es, para los cristianos
modernos atrapados en la impotencia, un desafío santo. ¿Viviremos con la
etiqueta de “dolor”, o invertiremos el destino por medio de la oración para
llegar a ser “honorables”? Dios aún espera que abramos nuestros labios y
clamemos. Así como el padre en el cuadro de Rembrandt acaricia al hijo, la
oración es el camino más seguro para que la mano de Dios toque nuestra vida.
Ahora, comience la oración que ensancha su territorio. Dios ya está
dispuesto a conceder su oración.
davidjang.org