En una época en la que la oscuridad se cierne con fuerza, ¿cuál es el verdadero significado del arrepentimiento y del ayuno? A través del sermón de Isaías 58 del pastor David Jang (Olivet University), meditamos profundamente sobre el llamado a ser “reparadores” que vuelven a levantar cimientos derribados y sanan a una generación herida.
Entre
las obras maestras que Miguel Ángel dejó en el techo de la Capilla Sixtina se
encuentra la figura del profeta Jeremías. Su postura—sentado con el mentón
apoyado, sumido en un profundo tormento—parece transmitir el dolor que carcome
los huesos al contemplar una Jerusalén que se encamina a la ruina. La
lamentación por una época y la impotencia humana ante el juicio de Dios
atraviesan el lienzo y llegan hasta nosotros. Y la realidad que enfrentamos hoy
tampoco parece tan distinta del peso que habita en aquella imagen. Tras
atravesar el largo túnel de la pandemia, se escuchan noticias de iglesias que
cierran sus puertas en distintas partes del mundo, como si se apagara la
lámpara del santuario. Las estadísticas, frías, anuncian que en 18 meses
desaparecerán numerosas iglesias, y una especie de letargo espiritual—como si
la oscuridad cubriera la tierra—oprime nuestro corazón. En una era de crisis
como esta, ¿qué debemos aferrar con todas nuestras fuerzas?
Un
altar de contrición que rasga el corazón, no las vestiduras
En
este tiempo tan solemne, el pastor David Jang (Olivet University) nos lanza una
pregunta punzante a través de la proclamación profética de Isaías 58:
“arrepentimiento” y “ayuno”. Pero el ayuno del que hablamos aquí no es una
simple práctica ascética de privarse de alimento. El profeta Isaías denuncia la
duplicidad del pueblo de Israel: por fuera ayunaban y fingían buscar a Dios,
pero por dentro seguían entregados al entretenimiento, a la contienda y a la
opresión de los débiles. Es una escena que recuerda la oración del fariseo en
Lucas 18: “Ayuno dos veces a la semana”, decía, jactándose de su propia
justicia, pero sin un espíritu quebrantado.
Lo
que necesitamos hoy no es una actuación religiosa deslumbrante. Así como el
profeta Joel clamó: “Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos”, se
requiere una negación de sí mismo, desgarradora, que derrame ante Dios nuestra
verdadera condición de pecado. En su predicación, David Jang refleja el corazón
de Dios que llegó a aborrecer incluso el olor de las ofrendas quemadas cuando
eran pura forma sin verdad, y nos urge a una restauración esencial, no a una fe
encerrada en el formalismo. Para que nuestra adoración y oración no se
conviertan en un eco vacío, nuestro ayuno debe ser una lucha santa: vaciar
nuestros deseos y llenar ese espacio con la misericordia de Dios.
Una
solidaridad de amor que desata las ataduras de maldad
Entonces,
¿cuál es el ayuno que verdaderamente agrada a Dios? Es una práctica que
trasciende el rito y se convierte en acción concreta: la “encarnación del
amor”. Desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas opresivas, liberar
a los oprimidos y compartir pan con el hambriento: esa es la verdadera piedad.
En este pasaje, el pastor David Jang ofrece una perspectiva teológica que
atraviesa el corazón mismo del evangelio cristiano. Ayunar no termina en
“hacerme sufrir”; más bien, ese sentir del dolor se transforma en una capacidad
de resonar con el sufrimiento del prójimo.
Hoy
vivimos en una época en la que demasiadas personas gimen bajo la pobreza
económica, la enfermedad y la exclusión. Mientras la iglesia levanta muros para
proteger su propia seguridad, quienes están fuera de esos muros tiemblan de
frío y de hambre. Dios desea más que “pasemos hambre”: Él anhela que no
ignoremos el hambre del otro. Quizá nuestras oraciones no ascienden al cielo
porque todavía levantamos el “puño impío”, nos acusamos mutuamente y oprimimos
a otros para saciar nuestra ambición. El verdadero ayuno es un compartir santo:
vaciar mi propio cuenco para llenar el del prójimo. Ese es, precisamente, el
espíritu de la cruz.
El
llamamiento del reparador que reedifica los lugares devastados
Cuando
avanzamos hacia un arrepentimiento y un ayuno auténticos, la Escritura promete
una restauración asombrosa: “Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu sanidad
se dejará ver pronto…”. Es una esperanza resplandeciente de Dios para quienes
están en la desesperación. Como el versículo clave que David Jang cita de este
pasaje, hemos sido llamados a ser “reparadores de portillos” (Repairer of
Broken Walls): personas que restauran las brechas y vuelven a levantar lo
derribado. Aunque parezca que la iglesia se desploma y el mundo queda en
ruinas, las semillas santas que permanecen—como un tocón—volverán a brotar.
Reconstruir
los cimientos derruidos de generaciones pasadas quizá no sea una obra llamativa
ni grandiosa. A veces es un trabajo silencioso, sin nombre y sin reflectores:
rellenar las grietas del muro caído con nuestras lágrimas y oraciones;
restaurar caminos para que la gente vuelva a habitar. El mensaje del pastor
David Jang no se limita a consolar a los creyentes que atraviesan un túnel
oscuro; infunde un sentido de misión. Aunque hoy estemos en una negrura
profunda, si soltamos las cargas del prójimo y caminamos hacia un
arrepentimiento que rasga el corazón, nuestra noche se volverá como el
mediodía. Que la gracia vuelva a desbordar sobre la iglesia y sobre la vida de
los santos en esta tierra, como “huerto de riego” y como “manantial de aguas
que nunca faltan”. Y que nuestra oración de hoy llegue a ser, con fervor, un
ladrillo más en esa historia santa de volver a levantar lo que estaba
derrumbado.
davidjang.org