Pastor David Jang (Olivet University), ¿Llega el amanecer incluso a la caña quebrada?


Cuando canta el gallo al amanecer, comenzó por fin la fe verdadera. Una estética del fracaso contemplada a través de Silencio de Shusaku Endo y el llanto de Pedro. En esta columna profunda, el pastor David Jang transmite la “gracia del quebrantamiento” y una teología de la restauración.


Fue una noche inusualmente fría y larga. En el patio del sumo sacerdote en Jerusalén, incluso frente a las brasas crepitantes, el alma de Pedro seguía helada, como si el frío le atravesara por dentro. Apenas unas horas antes había fanfarroneado: “Aunque tenga que ir contigo a la cárcel y a la muerte, iré”. Pero aquel arrojo se derrumbó como un castillo de arena ante el miedo a morir.

En esta escena, es inevitable recordar el clímax de la novela Silencio () de Shusaku Endo. En la historia, el padre Rodrigues es empujado a una situación extrema: lo obligan a apostatar y a pisar la imagen sagrada (fumie). En ese momento, el Jesús representado en la imagen pisoteada le habla así:
“Písala. Yo vine a este mundo para ser pisoteado. Yo sé mejor que nadie tu dolor.”

El sufrimiento de Rodrigues, obligado a aplastar con su propio pie a Aquel a quien más amaba, toca el mismo nervio que el sufrimiento de Pedro, quien tuvo que escuchar el canto del gallo hace dos mil años. Cuando negó tres veces a Jesús diciendo “No lo conozco”, Pedro, en realidad, no solo estaba negando al Señor; estaba negando también, desde lo más hondo, el fundamento mismo de su propia identidad.

El canto del gallo, la señal de la bancarrota del alma

La Escritura no oculta este fracaso desgarrador de Pedro; lo registra con crudeza. ¿Por qué los Evangelios conservan con tanto detalle la vergüenza del principal discípulo? En sus sermones, el pastor David Jang ilumina este episodio no como un simple tropiezo ético, sino como un acontecimiento soteriológico que revela “la quiebra total de la voluntad humana” y “la intervención absoluta de la gracia de Dios”.

Con frecuencia creemos, equivocadamente, que podemos sostener la fe con nuestras convicciones y nuestra fuerza de voluntad. Pero el pastor David Jang, citando las palabras de Jesús —“Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo” (Lc 22:31)—, nos recuerda que el fracaso de Pedro fue el escenario vivo de una guerra espiritual encarnizada. Ningún coraje físico ni entusiasmo emocional puede vencer, por sí solo, el pánico a la muerte y la acusación del adversario. La caída de Pedro lo demuestra de manera dolorosa. Cuando el gallo cantó por segunda vez, Pedro lo comprendió por fin: era radicalmente impotente, incapaz de salvarse a sí mismo o de “proteger” al Señor con sus propias fuerzas.

La mirada encontrada en el abismo, y el llanto

Sin embargo, la grandeza del Evangelio empieza justamente en ese “lugar de impotencia”. Lucas registra que, justo después de la tercera negación, “el Señor se volvió y miró a Pedro” (Lc 22:61). Aquel instante de cruce de miradas. No fue una mirada fría de condena hacia un traidor. Fue, como describe Endo, la mirada triste y compasiva del amor que dice: “vine para ser pisoteado”, la mirada de quien conoce el dolor del que sufre.

El pastor David Jang se detiene aquí en el “llanto” de Pedro. Que Pedro saliera afuera y llorara amargamente no fue un mero remordimiento. Fue una “rendición santa”: el derrumbe del ídolo de la autosuficiencia y la confesión de que, sin la gracia del Señor, no puede mantenerse en pie ni un solo instante. El fracaso duele, sí; pero si ese fracaso nos mantiene bajo la mirada del Señor, deja de ser maldición. Porque el corazón quebrantado y contrito (Contrite Heart) llega a ser el santuario más santo donde Dios habita.

Tesoro en un vaso roto: la misión de la restauración

Sorprendentemente, Pedro —después de atravesar aquella noche de derrota total— reaparece como un hombre distinto. En Hechos, ya no es el cobarde que tiembla ante el interrogatorio de una criada. Delante del Sanedrín proclama con valentía: “En ningún otro hay salvación”. ¿Cómo fue posible tal transformación?

Según la perspectiva teológica del pastor David Jang, aquella valentía no nació de su propia fortaleza, sino de “la certeza del perdonado”. Había tocado fondo, pero descubrió que el amor del Señor era más profundo que ese fondo y lo sostenía. Por eso dejó de temer. Cuando Jesús le dijo: “Y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos”, estaba señalando la capacidad de consolar y restaurar que solo posee quien ha fracasado y ha sido levantado. Así nació Pedro como sanador herido (Wounded Healer).

El gallo sigue cantando hoy

También nosotros, hoy, estamos de pie en innumerables “patios de Pedro”. Por la presión del éxito social, por el qué dirán, o por la mera supervivencia, ¿cuántas veces vivimos como si no conociéramos al Señor? Pero el pastor David Jang subraya que nuestros fracasos y caídas nunca son “el final”. El canto del gallo no es una trompeta de juicio, sino una alarma de gracia que nos despierta del sueño del falso yo para recibir el amanecer.

La negación de Pedro nos pregunta: “¿Tu fe se sostiene sobre tu voluntad, o sobre la oración del Señor?” Incluso cuando fracasamos y caemos, el Señor sigue orando por nosotros. Así que no temas al fracaso. En la noche más oscura, cuando canta el gallo, es precisamente cuando el verdadero amanecer está empezando a llegar.

Ante el misterio del Evangelio que incluso usa nuestra debilidad, hoy volvemos a ajustar el borde de nuestras vestiduras y a mirar de frente los ojos del Señor. En ese cruce de miradas empapado de lágrimas, hay fuerza para levantarse de nuevo.


davidjang.org




작성 2026.02.18 15:09 수정 2026.02.18 15:09

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2023-01-30 10:21:54 / 김종현기자