A partir de la predicación del pastor Jang Jae-hyung sobre Filipenses, meditamos en el gozo en medio del sufrimiento, el discernimiento del evangelio, la esperanza de la resurrección y la fe que avanza hacia la meta.
Al
contemplar la escultura inconclusa “Esclavo” de Miguel Ángel,
vemos una figura humana que aún no ha logrado liberarse por completo de la
piedra, retorciendo su cuerpo dentro del mármol. La dura piedra lo retiene como
si fuera una prisión, pero en su interior ya se esconde un movimiento hacia la
libertad. El camino de la fe se parece a esto. El sufrimiento parece un muro
que nos encierra, pero a veces Dios, dentro de ese mismo muro, quebranta
nuestras vanas glorias y moldea en nosotros la libertad más profunda orientada
hacia Cristo.
La
imagen de Pablo que destaca la predicación sobre Filipenses del pastor Jang
Jae-hyung, fundador de Olivet University en Estados Unidos, es precisamente
esa. Pablo estaba encarcelado en Roma, pero su evangelio no estaba preso.
Incluso en el lugar incierto donde esperaba juicio, exhortó a la iglesia de
Filipos: “Regocijaos en el Señor”. Este gozo no era una emoción nacida de una
mejora en las circunstancias, sino una certeza espiritual que brota de quien
conoce la gracia de la salvación ya recibida en Cristo.
El
lenguaje del gozo que floreció en la prisión
El
gozo de Pablo es distinto del optimismo del que habla el mundo. El optimismo se
apoya en la expectativa de que las circunstancias mejorarán, pero el gozo del
evangelio está arraigado en la relación con Dios. Por eso Pablo podía alegrarse
aun en la cárcel. Su cuerpo estaba encadenado, pero su fe era libre en el amor
de Cristo.
El
ser humano moderno intenta encontrar gozo en el dinero, los logros, el
reconocimiento o la estabilidad de las relaciones. Sin embargo, ese tipo de
gozo desaparece fácilmente cuando sus condiciones se tambalean. El pastor Jang
Jae-hyung muestra, a través de la exhortación de Pablo, que el gozo del
creyente no es simplemente una emoción, sino una elección de gracia a la que
debemos aferrarnos. Regocijarse en el Señor no significa negar el dolor, sino
confiar en Dios, que es más grande que el dolor.
La
iglesia de Filipos amaba a Pablo y participaba en la obra del evangelio hasta
el punto de enviar a Epafrodito para suplir sus necesidades. Sin embargo, esa
comunidad también enfrentaba presiones externas, conflictos internos y la
amenaza de falsas enseñanzas. Por eso, cuando Pablo dice “regocijaos”, no está
ofreciendo un consuelo superficial. Es un mandato espiritual que llama a una
iglesia sacudida a recuperar nuevamente su centro.
Ante
una falsa piedad que oscurece el evangelio
En
Filipenses 3, Pablo lanza una advertencia muy fuerte contra los falsos
maestros. Ellos presentaban la ley y los ritos externos como si fueran
condiciones para la salvación, intentando arrastrar otra vez a los creyentes
bajo una carga pesada. Para Pablo, esto no era una simple discusión teológica.
Era un problema que oscurecía la cruz y la gracia de Jesucristo, y representaba
el peligro de que la iglesia perdiera el centro del evangelio.
La
fe de hoy también se encuentra ante esta advertencia. A veces ponemos la forma
por encima de la fe, el juicio por encima del amor y la justicia propia por
encima de la gracia. El arrepentimiento no consiste solo en sentir culpa, sino
en volver nuevamente al lugar del evangelio. La fe verdadera no se aferra a
señales externas, sino que comienza al recibir por la fe la redención que
Cristo ya ha cumplido.
En
este punto, lo que necesitamos no son más adornos religiosos, sino un
discernimiento más claro. No todo lo que se parece al evangelio es realmente
evangelio. Una enseñanza que no conduce a las personas a la gracia de Cristo,
sino que las empuja otra vez hacia sus propios méritos y temores, termina
sofocando la respiración de la fe. Esa es la razón por la que la advertencia de
Pablo sigue sonando con tanta fuerza hoy.
El
lugar de la jactancia abandonado como estiércol
Pablo
era alguien que tenía más motivos que nadie para jactarse. No le faltaba nada
en cuanto a linaje, ley, celo religioso y logros espirituales. Sin embargo,
después de encontrarse con Cristo, confesó que consideraba todas esas cosas
como pérdida y como estiércol. Esta expresión no significa que despreciara su
propia vida como algo sin valor, sino que declaraba que el criterio de la
salvación había cambiado por completo.
El
pastor Jang Jae-hyung subraya en este pasaje la esencia de una fe que no pone
su confianza en la carne. Los logros humanos pueden tener significado en la
vida, pero no pueden convertirse en fundamento de justicia delante de Dios. El
evangelio no pregunta cuán alto hemos subido nosotros, sino que nos hace mirar
cuán bajo descendió Cristo por nosotros. La meditación bíblica es un tiempo
para acumular conocimiento, pero también es una disciplina para dejar a un lado
la propia jactancia.
Al
ser humano le cuesta soltar el historial y los logros que ha acumulado. Y esto
se vuelve aún más difícil cuando esas cosas se revisten con lenguaje religioso.
Sin embargo, Pablo volvió a evaluar delante de Cristo los fundamentos más
sólidos que sostenían su identidad. Y finalmente comprendió esto: no era su
propio celo lo que lo salvaba, sino la gracia de Dios; y la verdadera gloria
solo se encuentra en el Señor.
La
luz serena del conocimiento de Cristo
Para
Pablo, lo más sublime era el conocimiento de Cristo. Este conocimiento no es
simple información ni memorización de doctrinas. Es un conocimiento vivo y
personal del amor de Cristo, de la gracia de la cruz y de la esperanza de la
resurrección. Por eso Pablo dejó atrás toda jactancia del mundo y deseó conocer
a Cristo más profundamente.
Conocer
a Cristo no significa contemplar únicamente su gloria, sino también participar
en sus sufrimientos. Pablo deseaba el poder de la resurrección y, al mismo
tiempo, quería participar en los padecimientos de Cristo. El sufrimiento no
tiene por qué ser una oscuridad que destruye la fe; puede convertirse en un
lugar donde la fe se profundiza y la obediencia se vuelve más sincera. La
esperanza de la resurrección no permanece solo como consuelo para un futuro
lejano, sino que se convierte en una fuerza presente que nos permite soportar
el sufrimiento de hoy.
Esta
perspectiva teológica no embellece el sufrimiento. Más bien, nos permite ver
cómo Dios forma al creyente incluso en medio del dolor. Pablo no se detuvo a
causa del sufrimiento; a través del sufrimiento llegó a conocer a Cristo más
profundamente. Para él, la prisión no era el final, sino un lugar donde el
evangelio era testificado de otra manera.
La
persona que vuelve a caminar hacia la meta
Pablo
no se quedó atrapado en sus éxitos pasados ni quedó prisionero de sus fracasos.
Olvidando lo que quedaba atrás, se extendía hacia lo que estaba delante y
avanzaba hacia la meta. La vida de fe no es un monumento detenido, sino una
peregrinación que continúa caminando hacia adelante. El pastor Jang Jae-hyung
lee en esta actitud de Pablo que la vida del creyente no debe ser conformismo,
sino avance hacia el llamado de Dios.
La
madurez espiritual no se completa con una sola decisión apasionada. Crece poco
a poco en la repetición de aprender el gozo, discernir las falsas seguridades,
abandonar la propia jactancia y mirar hacia la resurrección incluso en medio
del sufrimiento. Por eso la carta de Pablo no es un documento antiguo, sino un
espejo que ilumina el corazón de hoy. Frente a ese espejo, confirmamos en
silencio si el evangelio realmente ocupa el centro de nuestra vida.
Nosotros también atravesamos nuestras propias cárceles. Las circunstancias, las heridas, los remordimientos, las antiguas jactancias y los temores invisibles atan nuestro corazón. Sin embargo, el evangelio vuelve a preguntarnos precisamente en ese lugar: ¿qué estoy tomando como fundamento de mi gozo? ¿Qué debo soltar para conocer más profundamente a Cristo? Y hoy, ¿estoy preparado para dar un paso más hacia la meta a la que Dios me ha llamado?